La libertad sexual es una de las últimas que quedan más o menos incólumes. Quizás por aquello de que el sexo es una pasión popular, es lo que más ha logrado sustraerse al control de los tiranos y -por eso mismo- más ha provocado y obsesionado a las peores expresiones del poder. Desde el principio de la historia, han existido -al estilo del “Gran Hermano” de 1984, que George Orwell escribió inspirado en los regímenes totalitarios del Siglo XX- policías del pensamiento y el deseo, obsesionadas por controlar la vida de los ciudadanos hasta los incógnitos territorios de su cama y de su mente. Esta empresa ha sido más virulenta en momentos de disputa ideológica, cuando la filosofía humanista -primero- o revolucionaria -después- desafiaron al poder establecido. La doble moral, al estilo de un padre al mismo tiempo castrador e incestuoso, ha sido el rasgo característico de esos tiempos de reacción autoritaria.
El escritor francés Pascal Quignard explica como la ética humanista, colectiva y pública de la sociedad griega fue en los albores del imperio romano transmutada en una moral mística, individual y privada, que regía en el seno de la domus (hogar). “Cuando Augusto reorganiza el mundo romano bajo la forma del imperio, el erotismo jubiloso, antropomorfo y preciso de los griegos se transforma en melancolía espantada, describe Quignard en El sexo y el espanto. Así, al emperador se le confió toda la genitalidad del territorio del imperio. A él (que es el único en el mundo que no está sometido a las leyes) le corresponde toda la prohibición del mundo. A él toda la cólera, a él todo el capricho, a él toda la femineidad, a él todo el incesto, lo animal, etc”.
En la Roma imperial, serán sus sucesores Tiberio, Calígula y Nerón los símbolos de esa doble moral. La utilización de niños como esclavos sexuales, la violación de jóvenes vírgenes, el incesto, el bestialismo y la prostitución se conjugarán en la desenfrenada orgía palaciega, que coexistirá del patriciado hacia abajo con la imposición de la castidad y el duro castigo a la violación de las leyes del matrimonio. “Fue el comienzo de una larga era represiva de la cual el partido cristiano extraerá dos siglos más tarde todo el provecho”, señala Quignard.
Así ocurrirá durante la Edad Media, pero el acoso a la sexualidad se exacerbará cuando comiencen a soplar los vientos humanistas del Renacimiento. Arquetipo de esa época de tensión fue el español Rodrigo Borgia (foto de abajo), quien gobernó la Iglesia desde 1492 hasta 1503, pocos pero cruciales años para la recomposición del poder de una Iglesia golpeada desde adentro por el malestar previo a la Reforma luterana y desde afuera por el embate secular de la naciente Edad Moderna.
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Apenas consagrado Alejandro VI luego de una escandalosa compra de votos cardenalicios, Borgia se instaló en el Vaticano con Juan, César, Lucrecia y Jofré, sus hijos reconocidos de la condesa Vannozza Catanei (tenía otros tantos “no visibles” de sus numerosas amantes). Signado por un apetito sexual digno de un sultán y la afición de su prole por el incesto, el veneno y el puñal, fue el Papa que promulgó en 1495 la bula Intercaetra, que ordenaba “someter a los pueblos bárbaros (del nuevo continente) y llevarlos al verdadero credo”.
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