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Nada más (y nada menos)

Escupir un “puta” tiene efecto de sablazo. SegÚn cÓmo se escuche/mire: puede ser antesala lasciva o menoscabo. Ninguna Época escapÓ de rescatarlas de los mÁrgenes y volverlas “obras de arte”: objetos/ sujetos en sÍ. QuizÁs una forma mÁs de quitarle humanidad a la mujer. Ya sea para cantarlas, terminar de denigrarlas o marcar supuestas transgresiones.

 

POR SILVANA AVELLANEDA

Esa noche hacía tanto frío que la luz blanca de la luminaria de la calle se escarchaba. Faltaban pocas cuadras para llegar a la casa de mis abuelos maternos atravesando agujas de viento y calle vacía.

Casi vacía: recostada contra una pared, en la penumbra de una ochava, la mujer parecía transportada de un poema de soles lorquiano a la calle añeja de una pequeña ciudad del norte argentino.

Nada tan lejos. Y nada tan cerca en los ojos oscuros, delineados a lo brocha, que me miraron pasar envuelta en un bufandón. Apenas apareciéndome las pestañas rectas que tantas penas me adjudican aunque no las tenga.

El paso fue de segundos. “Que noche perra”, dijo. La frase de ella y la sonrisa en bufanda mía bastaron para que, desde entonces, se quebrara cierto muro. Y la mujer, de parada en Mate de Luna y Tucumán, comenzara a saludarme: “¡Chau, m´hija!”.

Había veces que no me saludaba. Cuando agazapados autos de galanes deplorables o madurones solventes le daban a entender, en códigos que no eran de luces, que “se sentían solitos”.

Miraba la nada y decía nada. Se volvía sombra que sólo despegaba de la ochava para subir al auto de turno en una ceremonia cotidiana y terrible. La gente pasaba y ella era tan invisible como llamativa. Una paradoja de la marginalidad.

Hace años que no se la ve. Quizás el amor de un maduro desesperado la haya sacado, desde el mismo abismo, del abismo.

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Decir “el oficio más viejo del mundo” no sólo es caer en la frase hecha. También es reproducir la dominación que se ejerció sobre la mujer y su cuerpo. Para algunos, ya en la bruma de los tiempos, se ubican legitimados los inicios de esta violencia. Tan justificada, que tomó nombres para enmascararla: “elegidas por los dioses”; “cortesía del dueño de casa”; insumo necesario para el desfogue.

Muchas pasaron a la historia vueltas leyenda. Como Friné famosa “hetaira” griega, amante del escultor Praxíteles. Era tal su belleza que el artista se inspiró en ella para modelar a Afrodita. O Agripina, madre de Nerón y hermanita casquivana del emperador romano Calígula. Que la tenía como salvoconducto y sello de pactos y alianzas.

La historia es tan larga como hombres hubo y necesidades insatisfechas. Pero la redención les llega (a “ellas y a las mujeres en general”) a través de la Magdalena. Pese a estar prohibida en la letra de la ley judía, la prostitución existía marginal y aceptada. Quienes la ejercían, podían ser muertas por lapidación.

Episodio del que se salvó la Magdalena cuando, ya sabemos quien, les dijo a los jueces improvisados: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Hasta wilkipedia tiene intentos de definición. “Mujer que cobra por sexo”. “Mujer liviana de moral”. “Mujer esto”. “Mujer aquello”. Por plata o por que sí. Con servicio veloz de a parado. En cóctel con título universitario y dos idiomas.

En el mundo globalizado, de estallido de paradigmas, el término se diversifica y reaparece con más fuerza vuelto libro, cuadro o insulto en puertas de baños y boquitas varias. Vuelve señalamiento a transgresiones que, no sin carga sexual, tiene el mismo peso de juicio y castigo.

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Hasta fines de septiembre, en el Centro Cultural Rojas de Buenos Aires, se exhibió la muestra Putas. Un relato visual contemporáneo “acerca de la prostitución como imagen en el arte”, decía el catálogo.

María Magdalena, según Tiziano (arriba), las chicas según Toulouse Lautrec (acá).

 

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