Rch| Cine | "El Eclipse" de M. Antonioni (1962)
    Lacónica Roma
POR ANALÍA IGLESIAS

¿Se puede decir algo nuevo de Antonioni a esta altura de la historia? ¿Se puede decir hoy algo que no se haya dicho de El eclipse? Yo me siento incapaz de novedad alguna, pero de algo estoy segura: cada gesto de aquel Michelángelo sesentista, en blanco y negro ventoso, cada mirada de la Vitti, la desesperación de Paco Rabal, incluso el nuevo viejo jopo de Alain Delon volverán a decirlo todo sin palabras a cada nuevo espectador, pase el tiempo que pase.

Vila-Matas admiraba el hecho de que en Viaggio in Italia Rossellini eligiera empezar a contar la historia de una pareja desde cualquier punto de su recorrido. También el aventajado discípulo del gran Roberto recorta por donde le viene en ganas y crea esa atmósfera del más puro arte, con un antes sugerido en las arrugas de la cara y, uno a uno, en cada absurdo movimiento del cuerpo. El vacío está después.

¿Hay amor después del amor? Osado empezar una peli en un amanecer desquiciado de verano, con una pareja todavía vestida de noche, en medio del pesado silencio que sigue a las grandes disputas, sin saber qué hacer con las manos ni con el alma, ni con los pies, sin haber dormido, sin ganas de dormir. Zumba el ventilador. Dicen que Antonioni se recrea en los tiempos muertos. No creo en los tiempos muertos.

Aquí se adivina una tensión lacónica, insoportable. La siente el espectador, la padece con la protagonista que decide dejar a su novio. Y el tipo, impotente, intenta volver atrás, reinventar lo que ya se agotó. Y el ventilador sigue girando. El viento. Hay viento en Roma y en la habitación. Algo se mueve pero no alivia. La angustia es mucho más consistente que la brisa, mucho más tenaz que la hoja que se desprende de un árbol en una calle desierta. Mucho más pesada que el agua que corre. Mucho más opaca que las nubes.

“La miseria da pavura a tutti”, reconoce Piero, el personaje de Alain Delon, un corredor de bolsa que no para de moverse y atender teléfonos. Cuelga y descuelga. “No es necesario conocerse para quererse”, le dice Vittoria (Mónica Vitti), porque tampoco quiere conocerlo demasiado, ni detener su vida atolondrada, ni –suponemos– aventar los malos presagios de cada señal, de una cortina entreabierta, de un teléfono descolgado, de un comedor sin comensales, de una esquina sin viento. Vittoria está alerta. Sus sentimientos están en alerta, mientras Roma descansa, agrietada, incomunicada y sedienta. Luego deambula opaca. Roma deambula opaca. Se mueve con pies cansados, de mañana, de tarde y de noche; con los labios entreabiertos de la Vitti, la desazón de Rabal y el deseo imposible de ser ligera, leve, como Delon.

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