Las transformaciones en la escucha de música son gigantescas. Hay un sector muy amplio de jovencitas y jovencitos que ya no se hacen la idea de un álbum, sus cabecitas despreocupadas son un random entre temas de moda y de los otros. Sin embargo, los discos conceptuales –discos con un concepto, es raro: discos de una idea- siempre me resultaron muy pesados. El álbum pop, no. En el orden de las canciones, en los silencios entre tema y tema hasta el silencio final, ocurría un sentido que sería personal. Quedarse mirando los hongos de la humedad de la pared. Yo no sé: ese orden era uno más en una serie que se renovaba; a la vez, era una escucha dirigida. Había un comportamiento The Cure, un comportamiento Don Cornelio. Hoy el derrotero de sonidos aparecería más inestable. Pero como una marea –un flujo de ritmo-, hay una suerte de “disco” que, podemos imaginar, se repite más o menos sin variaciones en varios reproductores. Son restos de una manera de relacionarse con la música. Digamos, a la manera mostrador: donde se exhibe el producto, y el consumidor viene y lo compra (aunque no lo compre).
El historietista Robert Crumb decía que el rock n’ roll y todas la formas de la música grabada habían acabado con una relación más personal con la música: desde el instrumento, había que saber tocar. Ahora, un amigo se baja de Internet los discos (inconseguibles, de blue-grass y otros géneros rarísimos, de música negra profunda de Orleans) que aparecen nombrados en los dibujos (varias historietas cuentan lo difícil que le resultó dar con tal o cual elepé), que musicalizan las fornicaciones del gato Fritz.
No es la única opción. Hay música que se realiza con la experiencia de estas escuchas. Apropiaciones, mezclas. Hasta la composición de algunos vanguardistas o músicos del avant-garde de mediados del siglo pasado (Luciano Berio, por ejemplo) era una suerte de “corte y pega” de ritmos, modos, notas. Las obras del pasado y el presente, las sobras.

Primer sintetizador análogo, un flash.
Desafiando ese elemento en que sucede la música y las cosas: el tiempo, Morton Feldman decía que el tiempo de la música es diferente al tiempo de las cosas, y escribió un cuarteto de cuerdas que dura ¡8 horas! Por lo menos no es el tiempo del capital.
La moda se puede repetir, o una artista como Clara Domini puede diseñar una bella post-vestimenta con lo que en cualquier tienda sería descarte, con prendas que no dirían nada. La música era el sound-track de mi adolescencia, vistió mi paisaje.
Es evidente que el intercambio de archivos digitales no va a acabar con la música. Esa frase es insostenible, falsa; a esta altura: insoportable. Sí hay una nueva escucha que es novísima. Que debemos conocer, aprender, o lo que sea. Hay myspaces de C.P.E. Bach y multitudes de bandas que no conozco (¡y de la virgen María!).

Y el controlador midi, si lo tenés, sos Faithless.
En la primeras décadas del siglo XX ocurrieron nuevas maneras de relatar, de expresar –el atonalismo, ¿se acuerdan?-, de pintar, de hacer música. Hay un cuento de Franz Kafka, Josefine, la cantante o el pueblo de los ratones que cuenta de una ¿ratoncita? que produce un chillido –o canta, nunca sabemos bien- y en su pueblo es entendido como arte. La voz que relata esta fábula moderna y rara está todo el tiempo al límite: quiere decir qué es y qué no puede ser esa voz monótona, muy silenciosa, recortada misteriosamente sobre las demás voces-chillido que se le parecen y de las que se diferencia. En la búsqueda de quien nos cuenta de Josefine podemos leer el intento desesperado de definir y aprehender lo nuevo, pero también lo tradicional y lo que haya en la sangre. Inervar sentidos destellantes. Hay cosas, como pasa siempre con Kafka, que parecen ser actos de magia, en realidad se trata de actos del arte poético del checo, y pueden leerse cuestiones que serán en el futuro. El chillido de la música que envuelve al mundo es increíble y formador de conciencias: todos sueñan en algún momento de las vidas en ser cantantes.

Berio, un experimentador. Limado y precursor.
Philip Dick, en otro ámbito en otro mundo (el posterior a la II Guerra Mundial), imaginó una máquina que transformaba a la música en animalitos: un insecto Bach, un lobito-Schubert. Estos seres evolucionaban a una música terrible, muy fea; alejada al racionalismo que las había hecho nacer. El rastro de la mímesis natural a la que se refiere Adorno se volvía una presencia siniestra. La música Alien.
Hace poco escuchaba Jubilate Deo de un disco con música religiosa del siglo XV italiano (¡vean la cantidad de supuestos que contiene esta frase!), una obra coral del un músico llamado Ruggiero Giovannelli. Antes de que las voces se unan en el acorde que cierra la obra, me pareció oír una pequeña cicatriz (¿un rastro de naturaleza en una obra barroca temprana, un lobito?) en una pieza destinada a la Alabanza, que como tal, debería ser una obra sólida en su solemne alegría, sin fisuras.
¿Qué fue ese rastro de sonido que se perdió en la calle, detrás de un tránsito pesadísimo, la reproducción estándar de mi reproductor chino de mp3 y mi agotamiento?
El título está tomado de una canción de Juana Chang. | Juanito el Cantor me contó lo de la cumbia nova |C.P.E. Bach en Myspace. | El cuento de Philip K. Dick se llama “The precerving machine”.
| Para leer al expresionista Th. W. Adorno, sus Escritos Musicales (Figuras sonoras, Quasi una fantasia”, etc.) | El fotolog de Clara Domini.
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