RCh| Pier Paolo Pasolini y el compromiso
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Huir es hablar literalmente

Ensayo sobre el poema ¿QuiÉn soy? del amado escritor y cineasta o mÁs bien, Algunas ideas alrededor del poeta en las cenizas...
POR CECILIA PERNA

¿Cómo poder, como hubiera querido Fitzgerald, “ser sólo un escritor”, prolongar la grieta en la porcelana produciendo por sobre ella una verdad que la haga avanzar y evite así su profundización, que evite la Muerte? Es necesario aprender a renunciar para poder iniciar un verdadero compromiso.

La renuncia se da como transformación del yo y es esa transformación del yo la que, a su vez, transforma el sentido del “compromiso”. Esa transformación podrá producirse sólo en el marco de un rito que el escritor habrá de inventar (habrá de producir) para poder luego atravesarlo. Para Pasolini, ese rito será la poesía.

En la respuesta a la pregunta “¿Quién soy?” El poeta pasa por la hoguera de la renuncia de sí, de su identidad como poeta, para entregarse al lenguaje del no-yo, cerrarlo en el rito del poema, y resurgir con la fuerza de un yo transformado.

(Son curiosas las relaciones que pueden establecerse entre la idea ritual del poema en Pasolini y el rito de la exomologesis que señala Foucault en “Tecnologías del yo”. Una pequeña glosa que puede guiar la lectura: “En el cristianismo primitivo la penitencia es una forma de vida continuamente regida por la aceptación de tener que descubrirse a sí mismo.”; “Esta es la paradoja de la exomologesis, borra el pecado y al vez revela el pecador.”; “La penitencia del pecado no tiene como objetivo el establecimiento de una identidad, pero sirve, en cambio, para señalar el rechazo del yo, la renuncia a sí mismo: ego non sum, ego.”; “La revelación de sí es al mismo tiempo destrucción de sí. [...] En la exomologesis el penitente alcanza la verdad sobre sí por medio de una ruptura y una disociación violentas”.)

En algún cuarto de Manhattan, en 1966, en el acto privado que constituye la escritura de un poema, Pasolini comienza el rito. Pero el rito de transformación no puede quedar reducido a ese ámbito privado del poeta que escribe en la soledad del cuarto: dada su naturaleza social, es necesario darle una dimensión pública. Hay que publicarse a sí. El problema es que, en 1966, público y poesía se habían convertido en una dupla difícil de conciliar.

Pasolini había sido, desde la guerra, un poeta “comprometido”. Con las clases marginales de Italia, los campesinos y los subproletarios de la periferia en las ciudades industriales (Roma sobre todo), con su realidad y con los antiguos valores de su tradición popular. Unidos a ellos de un modo vital, a través de su vida sexual y afectiva, se empeñaba en crear un puente entre estas formas de la vida periférica y el centro de la intelectualidad burguesa, junto con los valores que cada cual representaba. El “escándalo”, el choque, que era su modo de irrupción crítica en el ámbito intelectual italiano, implicaba siempre un movimiento por el cual los valores centrales de la burguesía se veían violentamente puestos en cuestión ante la presencia de la alteridad de estos valores del margen, en medio de la centralidad del poder. Sin embargo, a partir del ’60 algo cambia radicalmente.

(Así lo describe Esteban Nicotra en su artículo: “Pier Paolo Pasolini: exilio, pasión poesía”: “Es que se está desarrollando en esos momentos el “boom” económico [...] de la nueva revolución industrial neocapitalista (la segunda para Italia, la tercera para países como Inglaterra o Alemania). [...] Para esta nueva realidad no vale ya la “riqueza” arduamente cultivada de una tradición y el arte (“uso / y liturgia ya extintos totalmente”). Sólo vale vivir el presente, un presente fragmentado, bufonesco y autómata. Estamos en un tiempo cultural donde el pasado no incide en el presente, no entra a jugar en relación dialéctica. Existe sólo el tiempo “desértico”, profano, de la Post-historia, que no podrá dar frutos porque no podrá madurarlos en su evolución, y el diálogo con un posible público se ha perdido.”)

Los valores de la tradición popular se ahogan ante el avance sobre los márgenes de los nuevos valores consumistas burgueses: ya no hay pueblo marginal al que representar en el centro en tanto que son los mismos marginales los que ahora reniegan de su antigua cultura.

(Según su amigo Moravia: “...si los subproletarios de los suburbios que, a través de su amor desinteresado, le habían dado [a Pasolini] la llave para comprender el mundo moderno, se transformaban ideológicamente en burgueses todavía antes de serlo materialmente, entonces todo se derrumbaba, empezando por su comunismo popular y cristiano.”)

Pero, a la vez, la tradición “alta” de la cultura burguesa también pierde su lugar central y prestigioso, ahogándose el “arte” en la producción de bienes de consumo instantáneo.
Ya no sólo no hay para la poesía unos valores arcaicos (sacros y populares) que representar en el lugar central del género, sino que es el mismo género de la poesía el que ha perdido su valor central y, con él, su posible público.

El ritual de la escritura de la poesía se desintegra en el acto privado, en tanto ya no hay un público a quién dirigirla. Pero eso no hará que la poesía como rito total pierda su valor y que la entrada del yo en el leguaje del no-yo, que se cierra apenas en un libro de poesía, pierda su poder transformador. Sin embargo, la dimensión pública del rito sigue siendo una exigencia.

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