“La puerta se cerró con brutalidad y al seco golpe acompañó la estridencia del vidrio haciéndose trizas” Así abre el juego Fronteras. El primer relato comienza, como todo nacimiento, con una ruptura fundamental. Divina violencia que nos da a la vida.
Los 7 cuentos que forman parte de Fronteras hacen temblar cualquier definición de límite que siga una lógica más o menos así: Frontera: Puntos. Líneas. Límites. Reales. Imaginarios. Distinguen. Separan. Este lado. El otro. Cruzar. Prohibido pasar. Y punto.
Nada hay en estas narraciones que no titile. Es la misma frontera la que vibra, serpentea, se quiebra, fragmenta, flexiona. Amenaza a toda convención, a toda definición, a lo que ingenuamente decimos “es” sin preguntarnos: ¿será?
Sin dudas se trata de una cuestión de visión: cada cuento ofrece una mirada de lo cotidiano donde los “límites” se ven transgredidos, o al menos puestos en bendita duda. ¿Cómo mirar? El vocablo “frontera” viene de “frente”: una frontera es una zona de contacto con el otro y lo otro, una región sinuosa y fluctuante que se mueve de acuerdo a las relaciones de fuerza. Es preciso pararnos frente a frente (enfrentarnos: otra violencia!), ponernos en contacto a través de nuestra percepción y sensibilidad. Descubrir los velos con asombro.
“¿pero destrozar el vidrio era necesario?”
Sí, lo era. ¡Crash! La violencia rompe los cristales que impiden el movimiento y restan humedad a nuestras pupilas. Así entendemos, finalmente, que la frontera es metáfora de una realidad compleja. Es necesario cruzar, traficar, mutar, transgredir. Todos los verbos que conjugan los días de esta vida en sus bordes.
Datos de la Autora:
María Evangelina Trabucco (1981, Córdoba)
Recibió una mención honorífica en el Certamen 10 aniversario Ediciones del Cedro (Chubut, 2005) por tres cuentos que forman parte del libro: La Córdoba nocturna, Pillao, fugau y di guelta, Un can burlado