Si hay alguna intención de encontrarse con la pelea de alguien con su reloj biológico, está perdido. La advertencia es que se trata simplemente de un ejercicio de pendientes irreversibles. Lejos de lamentaciones al uso culposo de aquello que no fue.
No es más que la enumeración de ilusiones o sueños que por esas cosas de la vida, o simplemente por el devenir lógico de acontecimientos de los que estuve a cientos de kilómetros de distancia real y/o simbólica, ni siquiera me rozaron en sentido estricto o literal.
En estos casos tomados como testigos, ya que puesta a enumerar podría no terminar nunca entre grandes y pequeñas expectativas congeladas en el período de incubación, las noticias de la muerte como corte brutal de una existencia movió no sólo la compartida y popular adhesión de dolor por la pérdida. También supuso, íntimamente, la aparición de un sentimiento de color y tono indefinible, entre la saudade de los portugueses y la certeza egoísta y permanente de lo que ya no podrá ser.
Capítulo I
A comienzos de los '90, el invierno atravesaba la capucha con piel símil simio y el verde que cubría las supuestas plumas de ganso de la campera inflable. Todos duermen en la casa, en plena semana laboral, y yo me quedo fascinada ante…el televisor. El verano italiano se escapa en tibieza por la pantalla. La felicidad de los tanos contrasta con mis dientes ateridos pese a la calefacción de la cocina de este lado de la transmisión. De golpe, los primeros acordes del Nessun Dorma atraviesan los dos cielos tan distantes pero conmueven con la misma intensidad ambas partes del globo. En esa época del año, las ruinas romanas de las Termas de Caracalla sirven de fondo para la temporada de Ópera del Teatro dell'Opera di Roma. Luciano Pavarotti se recorta en el sepia de las ruinas. Termas que recobran la magnificencia de los esplendores idos. El tenor desgrana el aria donde el príncipe desconocido Calaf jura que su nombre jamás será adivinado para poder desposar a la fría princesa Turandot. “Nessun dorma/nessun dorma…”, dice don Cálaf. Yo no duermo. Mientras la escarcha cruza los vidrios de la ventana de mi cocina tan poco “tirrena”, juro que algún día no sólo estaré en Caracalla. También escucharé la misma aria, cantada por el mismo tenor bajo ese cielo de estrellas brillantes que sólo se ven en las ciudades imperiales italianas.

Capítulo II
Hace años, remoloneando para ir a cierto diario, la mañana del lunes me encontraba otra vez frente a la televisión riéndome sin saber bien por qué de sólo ver al Payaso Mala Onda. Domingos anteriores, las Crónicas del Diván de Jorge Guinzburg me hacían creer que la lucidez traducida en simpleza de palabras era cosa fácil. Amaba el estilo de la risa que disparaba reflexiones y nuevas miradas. Ya había admirado la síntesis contundente de sus monólogos y el encadenamiento de actores en plan de stand up en un teatro porteño cuyo nombre no recuerdo.
La presunción entonces era que, aunque sea picando cables entre su equipo, trabajar con Guinzburg tendría algo de espacio placentero, de aprendizaje certero. Un lugar donde la relajada “jarana” que se veía en algunos casos no quitaba la efectividad profesional y el disfrute. Se sabía que era exigente. Que trabajaba sin pausa y con prisa. Pero que siempre el trabajo, para Guinzburg y su equipo, estaba lejos de ser una maldición bíblica.
Capítulo III
Ryszard Kapuscinski llegó como fragmentos robados en sitios de Internet en las siestas largas del trabajo diario. Imprimiendo pedacitos de libros ya inalcanzables –el 1 a 1 había estallado- las crónicas del polaco maravillaban por varias cualidades.
No sólo contaba las grandes historias a través de los mínimos detalles. También las epopeyas de su propia historia, para llegar a contar la de los olvidados y los invisibles de la Historia, fascinaban. Atravesaba llanuras en camiones atestados de enfermos de malaria en el África. Caminaba entre selvas espesas con campesinos-soldados que con sólo asustarse podían percutir fusiles añejos. Vivía en casuchas de suburbios, hablaba con la gente de todos los días, hacía fila entre niños para conseguir agua. Miraba todo con ojos de asombro. Tratando de saber, de entender desde la “empatía”.
Al mismo tiempo, yo rebotaba como puching ball en un par de postulaciones para ser su alumna en los talleres de crónica que dictaba en la escuela de la Fundación de Nuevo Periodismo, en Cartagena de Indias. ¿Qué más parecido a un pequeño cielo que tomar clases al lado del mar Caribe, en una ciudad de belleza colonial y con la guía del “maestro de cronistas”? Siga participando.
Epílogo
Atravesar fronteras significó para mí una movida entre azarosa y buscada. Proa en Buenos Aires. Un espacio donde el interior suena lejano pero las expectativas prometen -al menos- sentirse más cerca. Ni deslumbramiento de luces ni agobio por el tránsito. Tal vez mirada atenta para colarse entre brechas.
Las brechas son pocas y cuestan mucho.
Enero de 2007 me dejó una certeza: si llegaba a aparecer por Cartagena algún día, no iba a ser para cursar con Kapuscinski. Se había ido sin ser reemplazado. En septiembre de ese año supe que de ir a Caracalla, quizás a los 70 años cuando ya haya sumado algún penique más en el chanchito, tendría que escuchar a otro tenor que no sería Pavarotti. Marzo de 2008 se fue con Guinzburg, y a mí me quedó poner el arco iris como señal de duelo en el foro del Messenger.
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