Soy de la generación que nació al rock en el año 82. Recién entraba a la secundaria y la Guerra de Malvinas implosionó todo de tal manera, que muchas cosas que hasta ese momento eran o parecían secretas, tomaron un estado público notorio. Mi primer profesor de guitarra fue Gustavo Pérez, en ese momento cantante de un grupo que estaba pasando por sus quince minutos de gloria. Se llamaba Dulces 16 y hacían rock and roll como sus ídolos The J. Geils Band, aunque a tres guitarras. Tocaban seguido con Riff, el grupo de Pappo y Michel Peyronel. Una de las cosas que me impactó del contacto semanal con Gustavo es que por primera vez veía de cerca el “rock”. Yo, hijo de la clase media trabajadora, asistía a las clases que él daba en su casa (que era el hogar de sus padres) después de mi jornada escolar. Vivía a casi diez cuadras y la previa era dilucidar cómo lo encontraría, si se habría despertado (era usual que tuviese que esperarlo mientras su padre le preparaba un bife para almorzar) o si justo lo encontraba levantado. En general, mi clase, estipulada por sesenta minutos, implicaba varias horas. Me enseñaba unos acordes, me pasaba unos yeites. Pero lo que más recuerdo es el momento en que abría un enorme armario, del que sacaba libros y me leía fragmentos. O me los prestaba. No recuerdo título alguno. Pero sí el instante. Tenía la impresión que estaba entregándome una información que era para pocos.
Eso me gustaba del rock. Podía ser parte de una sociedad secreta, podía dar con gente diferente a la común y corriente con la que iba al colegio o conocía del club. El rock era un mundo aparte. Además, te hacía más o menos piola. Eso me di cuenta cuando Gustavo me invitó a un festival de la primavera en el que los Dulces 16 tocarían. Yo me negaba a ir, pero básicamente porque la chica que me gustaba iba a ir a otro evento, cuya figura estelar era Alejandro Lerner. Gustavo me estuvo cargando todo el mes previo, alentándome a que desistiera. Y lo logró. Cuando me vio acercarme atrás del escenario, se reía. Y comenzó a pasearme por los alrededores, presentándome a las figuras de ese momento. Desde los Abuelos de la Nada a Celeste Carballo. El rock, para mi desvelo adolescente, estaba atravesado por una energía y una dicha únicas, que no estaban en ningún otro lado. Mis compañeros de cole estaban dando vueltas por ahí ese día, pero yo estaba en el lugar indicado, en el momento indicado.
   
Abuelos de la Nada | Celeste Carballo | Fricción | Los Twist |
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