No es fácil enfrentarse a la escritura de Elfriede Jelinek. Prosa aguda e inquietante que perturba en cada línea y que tiene por objetivo hacer visible la crueldad del mundo capitalista contemporáneo y sus traumas cotidianos, principalmente los sexuales y los políticos. Prosa cuyo blanco esencial está constituido por la burguesía y que no sólo alcanza al hombre –lectura feminista, posible pero insuficiente– sino también a la mujer.
Más allá de no que fueron pensadas como una trilogía, Los excluidos (1980), La pianista (1983) –llevada al cine por Michael Haneke y protagonizada por la extraordinaria Isabelle Huppert–, y Deseo (1989), pueden leerse como tal.
En las tres novelas, los supuestos culturales, las intertextualidades literarias, la dureza de las acciones (por ejemplo, las continuas violaciones del esposo a su mujer en Deseo, las autoflagelaciones de Erika en La Pianista, o la perversa relación del matrimonio Witkwoski en Los excluidos), y la forma escrituraria, brutal y sin ornamentos artificiales, complejizan la lectura.
Alejada de las convenciones narrativas tradicionales, la escritura de Jelinek invita al choque en vez de a una plácida y cálida lectura. Son permanentes las metáforas inusuales e inauditas y la irrupción del lenguaje vulgar relacionado con el sexo o lo escatológico. Como violenta al lenguaje, sus mejores frases lastiman. Nos quita el aliento y nos enmudece. Ejemplo: la minuciosa descripción del peep-show en La Pianista: “Ellos quieren ver algo a cambio de su dinero. La separación de uno a otro es rigurosa. Las cabinas de madera están hechas a su medida. Son pequeñas y estrechas y sus inquilinos temporales también son gente pequeña. Por otra parte, cuánto más pequeñas sean, más cabinas caben. (…) Las preocupaciones se las llevan de vuelta, pero aquí dejan su valioso semen. Las mujeres de la limpieza se ocuparán de que no fecunde”.

Su escritura presenta una compleja y extraña polifonía que desborda cualquier tipo de clasificación en las categorías habituales de la figura del narrador. Dónde encuadrar una taxonomía clásica como la omnisciencia, por ejemplo. Quién narra en qué momento, quién interrumpe, de quién es cada voz. Preocupación ya presente en Los excluidos, que cristaliza en varias estrategias; una de las cuales consiste en colocar el nombre del personaje que ha dicho su verdad entre paréntesis luego de lo narrado en primera o tercera persona. Así: (Hans), como si esto lo hubiera escrito/dicho este joven.
A lo mejor habría que pensar en inventar la categoría de narrador supracapitalista que por encima de las voces de los personajes, y en superposición con la de la propia escritora, mira por encima y juzga y condena su propia creación, su perverso sistema, y a las personas que lo naturalizan y perpetúan, cada uno a su manera. Y también la de narrador suprasexual. La crítica a la inmoralidad y a las prácticas de las relaciones sexuales, tal como están generadas por el capitalismo, constituye otro de los tópicos fundamentales de su obra.
Enfrentarse como lector a su escritura, innovadora y perturbadora, es uno de los modos más tentadores y estimulantes de leer literatura moderna
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