Conservador, la izquierda lo criticó por sus posiciones políticas. Acusado de “dandy sureño” tuvo en su momento declaraciones que, por lo menos, provocaron un suspenso en la respiración de los fervorosos admiradores que lo escuchaban. Como la vez que en una entrevista para el diario El Mundo, de España, dijo: “EE.UU. está muy cerca de ser lo que los socialistas utópicos del siglo XIX andaban buscando. Una sociedad en la que todos tienen libertad política, tiempo libre y dinero para expresar sus anhelos”. La lógica protestante imperante. El individuo como hacedor absoluto de su propia revolución.
Quizás algo de esta lógica aparezca en sus textos, por los que algunos críticos lo acusan de ser “ascético” en la construcción de personajes “sin corazón”. Meras “descripciones tribales” que quizás se anclen en la vieja cortesía sureña que en el caso de Wolfe se tiñe, se diría, de curiosidad antropológica más que de empatía.
Como en la novela de no ficción Ponche de Acido Lisérgico donde el puro estilo wolfiano de metáforas, comparaciones, onomatopeyas y juegos del lenguaje sirve para construir en un relato el seguimiento al viaje de exploración sensorial con ácido de una tribu considerada núcleo duro del hippismo de los ´60: los Alegres Bromistas y su líder intelectual-espiritual, el escritor Ken Kessey, autor de Alguien Voló sobre el Nido del Cuco (de referencia de la época).
Con el ojo adiestrado en el desmenuzamiento retórico de tribus y caracteres aparece Tom Wolfe: de blanco obvio, impecable chaleco, manito en bolsillo izquierdo. Hay un murmullo del tipo “ahí llega” en el hall de entrada del acto X. Señores de traje, señores y señoras top. Invitados variopintos.
Wolfe avanza: casi flota, se diría. Tiene algo de ascetismo en el conjunto, cierta impertinencia en la mirada acerada. Camina, saluda. ¿Lunares o rayas en la corbata? Pañuelo al tono. Postal sureña de allá en la calle Piedras del sur de acá.
Suelo creer que a veces viene bien cierto pensamiento mágico: para sostener esperanzas, para concretar ambiciones. Para transcurrires más livianos. Por eso tomo como un mínimo guiño al mínimo gesto el día del acto X. Pequeño, insignificante. Quizás más venido de la cortesía sureña que propio del escrutador de tribus.
Tom Wolfe pasa casi flotando en blanco, plumoncito claro en la cabeza. Años marcados en la cara y ¡zas! el gesto imperceptible para todos. Leve ademán con la cabeza con mirada escrutadora al rincón donde se guardan fisgonas las ojeras.
“Pleasure”, said Mr. Wolfe. (¿Cuál es la frase que corresponde según el cuadernillo en estos casos?). El placer es mío, Tom.
Y es mía la creencia de que ese gesto tendrá el valor de salvoconducto mágico. Para cada vez que reconfirme por qué este es “el” oficio para develar mundos, y desenredar historias

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