Ese día me desperté en el esplendor de mis ojeras y el pelo más indominable que nunca. No lo tomé como señal de nada salvo que, a lo sumo, parecería haber salido de algún averno privado.
Durante la semana previa, última de abril, en la Feria del Libro una de las pocas estrellas en el cielo de ese “acontecimiento cultural para toda la familia” fue la visita de Tom Wolfe. No descubro la pólvora: Wolfe padre del Nuevo Periodismo, dandy por antonomasia, periodista admirado, prosa codiciada, y una mirada que sintetizó como nadie el transcurrir de épocas claves y tribus urbanas variopintas del país del norte.
Ese día del no esplendor iba a tener la posibilidad de ver de refilón a Wolfe durante un acto académico X. Previo a todo, diarios, revistas, blogs y TV se poblaron de golpe con pormenores de relatos de la visita, y de citas reproducidas en el sentido de “los dichos del sabio de la tribu”.
La devoción fue tal que arrancaba declaraciones eufóricas del estilo “compartí con él un desayuno de trabajo” o “me dijo que en los EE.UU. no se leyó lo suficiente a Borges”. Él, en cierta medida, y en plan de lectura tendenciosa de su “sorpresa por lo bien que me tratan en este país”, parecía estar divertido con el asunto. Su conferencia durante la Feria fue la más concurrida con más de mil fervientes admiradores de libros como La Hoguera de las Vanidades o Yo Soy Charlote Simmons.
Pero los que estuvieron más cerca del aura del celebérrimo fueron pocos: firmas reconocidas que pudieron, en representación de sus medios, tener “un mano a mano”. Numerosas “entrevistas exclusivas con”, y hasta una recepción intelectual y festiva en conocida embajada.
La historia oficial cuenta que Wolfe nació en Virgina, estudió Letras, y se doctoró en Yale. Que siempre supo que su pasión era el periodismo y comenzó como reportero en un pequeño diario, el Springfield Union para seguir en el Esquire o el Washington Post. Y que casi por casualidad (por ser el único entre los empleados que acumulaba en su CV algún conocimiento de español) fue el cronista privilegiado desde Cuba para contar la toma del poder por parte de Fidel. Estos son los hitos concretos.
Al mismo tiempo él se encargó de sellar la luminosidad de genio en su oficio y personaje nacional. Trajes blancos al estilo sureño (que eligió llevar “al ver cómo irritaba a la gente” 40 años atrás), educadísimo, fina ironía, lucidez de sintaxis y metáforas para definir sin épocas y tribus urbanas. Más una aparición en un capítulo de la serie de los Simpson que terminó de sellar que Wolfe estaba en el imaginario colectivo nacional (de ellos), y era parte y relator fundante de la cultura estadounidense de los últimos 30 años.
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