Rch/ Falú, Sánchez,González en el IFT.

Guitarra, bombo y bajo...

 


Vuelta entera. Willy González muestra su destreza. A ver que hay bajo el chiripá, a ver como suenan esas botas, a ver cuánta tierra levantan. Y aquí me detengo:
El bajo eléctrico es un instrumento relativamente nuevo en el folklore. La música folklórica es de raíz guitarrera, inclusive la del litoral, donde siempre hubo gran preponderancia de la verdulera.

Las bordonas marcan el dos tré característico del compás. El rasguido celebra la vibración rítmica de los bailarines. Y también el bombo. O la caja chayera, siempre presente. Después se ha ido metiendo el piano, el violín. Luego fueron tiempos de otras cosas, y el abanico hoy en día es enorme. Pero el bajo eléctrico, salvo algunas ocasiones (César Franov acompañando a Quique Sinesi, el mismo Willy con Carnota, o Gómez en "BGP" Trìo ( con Bruhn y Peñaloza)) nunca desarrolló todo su potencial como instrumento en el género. Es en serio. Inclusive hasta hoy, muchos se preguntan de dónde vienen ciertos sonidos que salen de la guitarra baja.

Al menos eso hacían unos señores sentados delante de mí en el teatro. ¿Y eso qué es? El bajo, a lo González, es decir, separándose drásticamente de su función de base y abriendo el territorio a sus modalidades armónicas, melódicas, tímbricas. Esto hace que por ahí la base no esté claramente definida. Que no haya un sostén claro de donde agarrarse para darle con el piecito al parquet. Y eso es maravilloso, ya que obliga al oído a buscar nuevas cosas, nuevas ideas, a, en fin, abandonarse al crisol de cuerdas y madera que baja del escenario.
Y de esto el señor bajista sabe. Como también sabe que sigue haciendo de instrumento que acompaña y que se atreve. De esa idea, que genera hermosos contrapuntos y contrastes sonoros con la guitarra, del color de los dos instrumentos interactuando con el bello paisaje de fondo, casi como de montaña del Norte, es decir, firme y multicolor, que genera el bombista, surgieron las cosas más emotivas e intensas de la noche. Y en vivo, eso es lo que se siente. Supongo que también es lo que llena de fervor y emoción al público, a juzgar por sus vivas y hurras. Y sí, arriba no hay grito, no hay poncho revoleado, no hay palabras de sentimentalismo demagógico. Pero el público está enardecido, digámoslo.

A la voz de aura. Tras un Buenosayres de zamba que llenó de espíritu milonguero el teatro. Y luego de que pasaran La yusberiana, y la Vidala del que no está, inspirado homenaje a un desaparecido, que lo es a la vez para todos, con aire de ausencia y una improvisación de Falú que debe haber arrancado más de una lágrima, se llegó a uno de los regalos menos esperados de la noche y que curiosamente, no tuvo que ver con la música, sino con el humor de Juan para presentar un tema titulado Luz de Giro. Al borde del delirio y con una gran inteligencia, el guitarrista aprovechó la presentación del tema para hablar de su vida, de los cambios, en tono a la vez filosófico y ácido, y en tonada hondamente…tucumana. Concluyó su monólogo diciéndole a su viejo amigo del bombo: ¡Para qué nos vamos a poner intelectuales!
Los momentos inspirados se sucedieron, ya con un sonido impecable, y con la comodidad de los músicos, con mano caliente y entendimiento fluido. Llegaron versiones inspiradísimas de Donata Suárez, un desquiciadamente improvisado Algarrobo Algarrobal, y una exquisita versión de la Zamba del Abuelo.
La noche soñada por muchos. Estos tres, es como si estuvieran Metheny, Motian y Carles Benavent juntos, le dije a mi desconocida y ocasional colindante de butaca, que no comprendió la comparación, presumo porque era extranjera. Menos mal, después pensé que no hay que comparar. Pero a mí se me ocurrió comparar.
Esa fue la única presentación del trío ganador del premio Gardel a mejor grupo de folclore. Después cada uno continuará con sus proyectos personales. Qué bueno que estuve ahí. Es como si el pañuelo abierto de la música folclórica hubiera bajado sobre nosotros como una lluvia fresca
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