Rch/ Juan Falú, Rodolfo Sánchez y Willy González en el Teatro IFT.

Guitarra,bombo y bajo eléctrico

EL ÚNICO CONCIERTO QUE EL TRÍO OFRECIÓ EN BUENOS AIRES FUE UNA DEMOSTRACIÓN de autÉNTICO FOLKLORE, AQUEL QUE MUTA Y SE TRANSFORMA, COMO LA TIERRA DE LA QUE SURGE.
POR LUCAS AMUCHASTEGUI

Se va la primera. En Santiago la chacarera tuvo desde sus orígenes una formación típica: guitarra, bombo y violín. Funciones armónica, rítmica y melódica correctamente distribuidas, que junto a la voz cantante le daban al baile un buen motivo para nunca descansar, a lo que siempre se sumó un elemento clave: el vino. Más o menos ésta es la imagen arquetípica, estereotipada y superficial que se tuvo del folklore durante décadas en nuestro país, el pintoresquismo motívico en la melodía y el volumen corajudo a la hora de cantar para que la voz llegara al patio, a los vecinos y al pueblo de al lado.

Con un buen empujón de la industria discográfica nacional, éste y otros aspectos más o menos elementales de nuestra música fueron los que muchos artistas “de sello” contribuyeron a establecer. Una fórmula que podría ser mal reducida así: grito, emoción, huevo, euforia, para los géneros up; bajón, soledad, abandono y voces arrastradas para los géneros down. Todo según el mirar de algunos pocos popes de festivales e industria.

Bueno. Resulta que por otra parte, la música que se hace en y pertenece a pueblos, villas, postas, puestos camineros, siempre fue de gran interés para estudiantes, músicos en general, y todo aquel que tenga algo para decir con el canto, o con un instrumento, gracias al enorme caudal creativo que representa. Lo más noble de la música popular, a decir de Carlinhos Brown, es su gran capacidad de mutación, adaptación y transformación, y en esto es en lo que más se asemeja al material de donde surge: la tierra. La música entendida por el cantautor del Norte de Brasil, es como el barro, la arcilla, la cerámica. Lo mismo pensaba Leda Valladares, quién profundizó en ese follaje de manera sabia. Lo mismo dieron a pensar, sólo para nombrar, gente como Adolfo Ábalos, Manuel Gómez Carrillo, Enrique “Mono” Villegas o Gustavo “Cuchi” Leguizamón. Y mas ahorita: Carlos Aguirre, Juan Quintero, Coqui Ortiz.
Huelgan explicaciones.

¡Adentro! De todos aquellos que moldean a piacere la tierra de la zamba, la chacarera, la milonga, la cueca, la vidala, etc. Juan Falú es uno de lo que más se ha atrevido en su larga trayectoria musical, a romper y volver a formar cántaros, ya que lo ha hecho desde el conocimiento profundo (que no es sólo tocar, sino oír, recorrer, indagar y también tomar) y prescindiendo siempre de golpes efectistas o falsamente modernistas para dar otra vuelta de tuerca al género y llevarlo a su propio extremo, muchas veces abriendo nuevos caminos.
Falú había grabado con Rodolfo Sánchez, preciso y sutil bombista, en muchas ocasiones. Pero hasta hoy nunca había grabado un disco con Willy González, un inquieto bajista que ha elegido, al parecer minuciosamente, cómo formar su carrera y qué ofrecer a cada uno de los solistas que acompañó. Ni qué decir de sus discos propios, en donde experimenta la improvisación libre como eje primordial de la música popular, tal como, sí, lo hace el jazz, pero como también lo hicieron siempre las culturas nativas, a partir de la percusión y el canto.

La formación que se presentó en el teatro IFT es atípica. No tanto por los instrumentos que la forman, sino por lo que esos instrumentos ofrecen, o despliegan. Y allí restaba ver entonces, como se las iban a arreglar estos tres para entregar en vivo lo que en su increíble disco suena. Pavada de desafío no sólo para ellos, sino, y especialmente, para los sonidistas.

Zapateo y zarandeo. Si alguna vez escuchaste a Massive Attack y no sabés como hacen para que los graves de la percusión electrónica suenen así, imaginate verlo a Rodolfo Sánchez tomado del bombo como si abrazara a un niño, moviendo suavemente su muñeca y dándole al centro del parche para que la Zamba del Pañuelo (Castilla-Leguizamón) te llegara al caracú, ahí si que no entendés. En la versión en vivo, tanto en éste como en el primer tema que tocan, hay un inusitado y accidental protagonismo del bombo: Sánchez parece querer pegarle cada vez más suave, o hacer resaltar el chasquido del aro, pero no, el bouumm del instrumento suena casi como un mantra inundando el teatro. Detrás, melancólicas, como el agüita de un arroyo, quedan las texturas entretejidas entre el bajo- ya melodioso, ya avisando que en este trío, el papel del boom boom será del bombo- y oh!, Falú.

 

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