¿La libertad del teatro argentino lo convierte en marginal o es al revés?
Primero deberíamos hablar de un único fenómeno dentro del teatro argentino: el teatro independiente. El otro no me parece que sea muy libre. Es cierto que los límites entre off, comercial y oficial se van borroneando, y eso es bueno. Pero en todo teatro que se llame libre deben privilegiarse ciertas cosas por sobre otras, y no es lo que pasa en el 100% de los casos de “teatro argentino”.
Cuando uno se independiza de todo, de los medios de producción habituales, de los mecanismos de prensa tradicionales, de las formas enquistadas de hablar “de lo importante”, puede rozar a veces la libertada absoluta. SU obra será, necesariamente., bastante marginal. No tendrá mecenas. Se hará con el rigor y el sudor de sus actores y amigos. Sí: ambas cosas (libertad y marginalidad) parecen darse juntas en nuestro país. Nadie te pone delante un apila de billetes y te dice: sos libre de hacer con esta plata la obra que más te guste. (¡En Europa sí pasa!)
La atención del mundo sobre este fenómeno es de doble filo. No siempre ven belleza en esto que hacemos., A veces ven una (falsa) salida a los mecanismos globales del neoliberalismo más atroz. A veces una obra no les interesa tanto por lo que dice, o por su factura técnica, sino que les resulta curiosa porque se hizo en la casa de uno. Y entraban 25 espectadores. “¿Por qué lo hacen”, se preguntan en Europa. ¿Y por qué no?
Algunos teóricos califican a tu producción teatral: posmoderna, nueva o joven. Vos, si tuvieras que hacerlo, ¿cómo la definirías?
No, no lo haría. Además no tengo por qué hacerlo, ¿o sí?
Pero diré que todo eso de la “nueva dramaturgia” es una manera de relegar a los autores jóvenes: como no están haciendo lo que se supone que “es” la dramaturgia real, hecha y derecha, se la llama “nueva” dramaturgia. Esto es sanata. La dramaturgia es buena o mala, pero rara vez podamos decir que lo nuevo es un valor. Lo “joven” también es una mentira edulcorada.
Y de lo de posmoderno, ni hablar. ¿Se puede ser posmoderno en un país que apenas conoció la modernidad? O todo lo contrario: ¿se puede no serlo, viviendo en el mundo en que vivimos, cuyas categorías más profundas se desmoronan día a día? Cómo se llame esto yo no lo sé. Evidentemente vivimos en la agonía de los valores de la modernidad. Pero no sé qué es lo post. No hubo un postbarroco, un postrománico. Es una abstracción muy tosca de la que no se puede decir nada en concreto; o lo que es peor, habilita a la chantada de decir más o menos cualquier cosa.
Los filósofos más eruditos de nuestro tiempo no se hacen llamar a sí mismos postmodernos. Ni “nuevos filósofos”. Ni “jóvenes pensadores”.
Si uno hace teatro, y es joven, son dos suertes diferentes. Peor “teatro joven” no debe significar necesariamente “teatro amateur”, o “teatro de la inexperiencia”. Si significa eso, entonces los hacedores deben resistirse al mote.
¿Crées que la crítica “entiende” el sentido planteado en tus obras?
Aquí habría que hablar de varias “Críticas”. La crítica de los medios hace tiempo que –en general- dejó de preocuparse por entender. Ellos más bien se dedican a calificar, de acuerdo a unas tablas de gustos y sentidos muy vulgares. Ya no discuten siquiera los temas de las obras y sus choques con la realidad. Sólo hablan de ritmo, decorados, zapatos, o dicción de los actores. Esto es lo que los medios han hecho de los críticos: unos opinadores de una cosa que deben considerar minúscula (justamente por no ser mediática): el teatro.
Por supuesto que siempre están los buenos críticos, los que quieren pensar el mundo y usan a las obras como excusa: éstos suelen estar desempleados. O tienen blogs en Internet.
Yo no me puedo quejar, los unos y los otros en general siempre me han valorado y apoyado. Eso no quiere decir que hayan “entendido”, o que las relaciones que surgen de esa mirada crítica sean verdaderas. Hay mucho chanta en el medio. Y el propio medio es una chantada: los propios críticos se disculpan porque la estructura de sus columnas viene dictado desde arriba: un párrafo para contar el argumento, otro para destacar alguna cosa, otra para terminar de decir si hay que ir a verla o no. Hay que resistirse por todos los medios posibles a aceptar que esto sea la norma, porque es una vergüenza. Si apareciera algo extraordinario, algo casi sin precedentes, estos esquemas no podrían dar cuenta de ello. Entonces no aparecerá. Al menos, en los medios.
Dijiste que en la Argentina, donde no existe la ingenuidad, “pensar” es observar los acontecimientos y tratar de intuir una realidad, detrás de lo que está ocurriendo. Eso pareciera que subyace en tus obras ¿Son tu forma de “pensar” la Argentina?
Supongo que sí. No creo mucho en las generalizaciones nacionales. Pero es cierto que en general los argentinos tendemos a creer que nada es como nos pretenden hacer creer. No todos los pueblos son así. ¡Mirá a los yanquis! ¿Durante cuánto tiempo le creen a Bush, a los informes del FBI?
Nosotros somos –por fuerza- filósofos exasperados. Ponés dos argentinos juntos y un café mediante, y enseguida estarán hablando de “cómo es la COSA en realidad”, de dónde está la trampa. Somos desconfiados. Y estamos bastante desesperados como para confiar en cualquier cosa

Spregelburd, Díaz y Suárez en "La estupidez"
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