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Rch |"Las listas" se presentó en el Teatro de la Abadía
teatro argentino de la diáspora
LA OBRA DE Y DIRIGIDA POR JULIO WALLOVITS FORMA PARTE DE UNA DRAMATURGIA QUE SE DESARROLLA EN ESPAÑA Y SIN EMBARGO, NO PUEDE DISIMULAR SU "FIBRA DRAMÁTICA INDISCUTIBLEMENTE ARGENTA".

POR ANALÍA IGLESIAS

desde MADRID

En cuanto se acaba Las listas, la obra escrita y dirigida por Julio Wallovits, decís: 'esto es Beckett alla argentina'. Y de una Argentina emigrada y residente en Barcelona, agregás para tus adentros. Es que, a casi diez años del último gran éxodo rioplatense, ya hay teatro argentino emigrante; quiero decir, dramaturgia de la diáspora y puestas fronteras afuera que llega de la mano de gente que no venía con tanto rumor de Buenos Aires (aunque la fibra dramática sea indiscutiblemente argenta). Porque, claro, por aquí andan Javier Daulte, Claudio Tolcachir, Hernán Gené y Daniel Veronese, desde hace años, pero su primer bagaje (y gran parte del actual) ha sido gestado en el sur.

Wallovits se hizo conocido en España por Smoking room, una peli que ganó un Goya. En el ambiente publicitario, en cambio, todo el mundo lo conoce porque es socio de una agencia exitosa, con sede en Barcelona. Y un recién llegado al teatro: Las listas es su debut. Tras pasar la prueba del prestigioso festival Grec de Barcelona, la obra se ha visto en Madrid, nada menos que en La Abadía, una sala dedicada al teatro independiente con una programación de calidad siempre garantizada. Quién sabe si seguirá una ruta transatlántica. En cualquier caso, habrá que prestar atención a su derrotero.

Las listas es la parábola de un mundo poblado de artistas (o pseudo artistas) al parecer prescindibles, en el que, fruto de la autocomplacencia extrema, se ha llegado al límite de la supervivencia: no queda nadie (si acaso, un último agricultor) que se dedique a oficios que permitan cubrir las necesidades básicas de la vida. Ya nadie sabe cultivar cereales ni criar (mucho menos, matar) una gallina. El que no es poeta, es pintor, y si no, músico o.videoartista. El último carnicero se ha convertido en cineasta.

El fin se aproxima y los poetas no tienen capacidad de reacción práctica. La sociedad entera se ha vuelto inútil e incapaz de procurarse el alimento. Y con hambre, ya nada tiene sentido, ni el mejor óleo ni la sinfonía más excelsa... las tripas hacen ruido, duele el olor a muerte.

En una parodia del onanismo fútil de buena parte de la intelligentsia, dos personajes que bien podrían haber salido de la cabeza del genial Copi hacen listas para probar la musicalidad de las palabras y sus combinaciones, las reverberancias de cada contrapunto mención/respuesta. Pero las tripas vuelven a aparecer con pedidos cada vez más acuciantes.

Ellos no esperan a Godot, pero Wallovits lo planta en medio: Godot es el último granjero que, sin embargo, está a punto de dejar de producir, porque lo suyo es la poesía. Quizá el último granjero sea en verdad el último poeta, pero, en todo caso, lo será a pesar de la granja, o justamente gracias a sus manos con callos y a sus habilidades para labrar la tierra y nutrir a los suyos (y nunca despojado de eso).

He aquí el nudo de la reflexión del dramaturgo que, cuando puede, proclama que nunca dejará de trabajar en su trabajo alimenticio de cada día porque sabe que, dedicándose sólo al arte, llegaría un día en que tendría que comerciar con su obra, un día en que terminaría haciendo concesiones, ¡vamos! (y que se lo cuente a los grandes “independientes” porteños que, en este mismo instante, adaptan a los clásicos de Broadway y sudan con encargos a destajo para que las figuras rutilantes, se luzcan en los grandes teatros españoles; empeño a cambio de euros, claro).

No hay condena alguna en ninguna de las opciones posibles; sólo hay preguntas, cuestiones que surgen necesariamente en un mundo de subsidios, esfuerzos for free, talentos imperdibles y obras olvidables.

Pero el valor de Las listas no reside en estas diatribas, o no exclusivamente allí, sino en una puesta cuidadosamente despojada, elocuente y certera en su laconismo, en sus silencios, en las sonrisas crispadas, en la desesperación que conlleva la falta de comida y la revelación de la poesía ajena (proporcional a la constatación de la mediocridad propia), la desazón frente a la necesidad de sostener el confort conseguido sin más recursos que la vanidad... Y para todo esto sólo basta con unos estupendos actores poniendo en tensión al “poeta” (con comillas) en su sinsalida vital. Ellos son dos catalanes y un argentino (impresionante Francesc Garrido, secundado por Pep Cortés y Ariel Casas). Teatro sin vueltas. Argentinos tan creativos y frescos como tantos en Buenos Aires, y casi sin vicio ombliguista, porque pueden empezar a verse en perspectiva y a hacer con hondura

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