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RCH / Palabras sobre Ernst L. Kirchner (1880-1938)
La mala época y la buena obra del señor K

EL PINTOR EXPRESIONISTA RETRATÓ UN MUNDO EN DECADENCIA QUE LO HERÍA PROFUNDAMENTE. TESTIGO Y PROTAGONISTA DE LA PRIMERA GUERRA, LA MODERNIZACIÓN ACELERADA E INHUMANA Y EL SURGIMIENTO DEL NAZISMO, SE SUICIDÓ DEJANDO UN LEGADO QUE EXPONE LA VIOLENCIA DE SU TIEMPO.

 

POR FRANCISCA BERNÁRDEZ

Conocí a Kirchner hace unos diez años. En un armario del lugar en el que trabajaba entonces, encontré un afiche con la pintura que abre esta nota, Nollendorf Street (1912), y me enamoré. Robé el rollo de papel ilustración que contenía mi querida obra, y aunque pusiera todo mi empeño, sería incapaz de recordar qué era lo que se anunciaba allí. Estoy segura que no era una exposición de Kirchner, porque sólo pude conocer su autoría, mirando cuidadosamente el extremo inferior de la obra para encontrarme con su firma. ¿Qué fue lo que me impactó de esta pintura? ¿Los colores? ¿Las personas oscuras, casi manchas? ¿La esquina curva? ¿Los edificios reverenciando la urbanidad? ¿Los tranvías en movimiento? ¿Las calles como el cielo? Imposible decidirse. Tal vez con Kirchner, y esta obra, comprendí emocionalmente, qué era una obra de arte. Ese sobrecogimiento ante la expresión ajena, en la que la razón poco tiene que ver. Mirar, dejar que los ojos se atasquen en un mundo creado, recreado, representado, sentido por el artista.

Expresionista, Kirchner, según reza su biografía, fue uno de los fundadores de El Puente, apenas comenzado el siglo. Tiendo a dejarme invadir por la idea de que tenía una sensibilidad que era herida día a día por la realidad que él traducía en sus pinturas, con la misma violencia con que ésta lo enfrentaba. Colores agresivos, líneas invisibles o demasiado visibles, pinceladas fuertes, un irónico y amargo sentido del humor, crítica, evasión, diagonales, curvas, sentimiento.

kirchner

Escena callejera, 1913.

Nunca pude colgar el afiche de Kichner. Corté y tiré el texto que anunciaba aquello que mi memoria no pudo retener. Me quedé sólo con Nollendorf Street, con sus bordes doblados hacia arriba y los cortajeos producidos por el paso del tiempo que sumaron trazos a su esquina, y por unos años, lo olvidé. Cuando apareció otro Kirchner, volví al pintor. Pensé tonterías: árboles genealógicos, paradojas, alemanadas. Pero lo único interesante de esto es que comencé a investigar, a encontrar sus otras obras - todas maravillosas -, a preguntarme qué habría sentido un alma atormentada como la suya en un momento tan conflictivo de la historia. La guerra, la urbanización acelerada, el surgimiento del nazismo en Alemania. Pensé que sus prostitutas, y el mundo que revela en sus pinturas, tenían gran familiaridad con la Berlín que Alfred Döblin expresó en Berlin Alexanderplatz. Y comprobé que, ciertamente, habían sido grandes amigos. Y de hecho, no sólo Kirchner había retratado a Döblin, sino que también había dibujado para la edición de una obra de teatro inédita del escritor.

 

Retrato de Alfred Döblin (1912)

Según su hoja de vida, acusado por el nazismo - que le confiscó y destruyó o vendió más de 600 obras - de "degenerado" en 1937, y según imagino, imposibilitado de seguir poniéndole el cuerpo al mundo, cada día más hostil - aunque intentara poner alicientes con la mediación entre su sensibilidad y ese mundo a través de la pintura y a pesar de que, como atestiguan sus últimas pinturas de Davos (como la que cierra esta nota), el pueblito suizo donde se había instalado, parecía haber encontrado sosiego-, Kirchner se suicidó, pegándose un tiro, el 15 de junio de 1938, un año antes de que comenzara la guerra más sangrienta. Posteriormente, sus obras- como las de tantos artistas cuyas vidas estuvieron signadas por lo trágico- se cotizaron en millones de librasp

 

un catalogo sobre kirchner

varias obras de kirchner

kirchnermuseumdavos

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