RCh | Música |"INTO THE LABERINTH" de Dead Can Dance (1993)
    Hay vida después de la vida
POR NICOLÁS CORIZZO

¿Nunca se pusieron a pensar en la innumerable cantidad de distintos tipos de música que existen en la actualidad? Algunos resultan ser la evolución de estilos, que antes se encontraban de moda. Otros nacen como la búsqueda combinada (curiosa) de dos o más tipos y así puedo seguir mencionando relaciones…

Así las cientos de miles de bandas se van encasillando en las distintas formas musicales (estilos). Otra vez me pregunto: ¿existe realmente una necesidad de hacer esto? Es decir, qué pasaría si un grupo emprende su camino, compone sus temas, gesta su transitar como resultado de sus creaciones, sin pensar en un rótulo. A lo sumo, identifican a la banda con un nombre para diferenciarlo del resto (con eso me conformo).

Hecha esta introducción, quiero compartir con ustedes algo mágico, hasta diría incomprendido por muchos (no por eso olvidado o despreciado).

 


Es muy común, tener necesidad de escuchar ciertas canciones o bandas cuando nos encontramos en contextos (fiestas, en pareja) o situaciones (felicidad, tristeza), que nos motiven o nos sirvan como contenedor (pensado en un espacio o lugar). Esta banda que comparto no es la excepción. El inconveniente se suscita cuando quiero compatibilizar estos momentos con otras personas (amigos, hermanos o simplemente aquellos que suelen coincidir conmigo en los gustos musicales). Como ya advertí antes, Dead Can Dance no es para cualquiera. Difícil de encasillar, complejo para compartir e interpretar.

No deja más remedio (en un principio), que escuchar solitariamente una y otra vez, hasta que algo sucede. Es difícil de explicar lo que sucedió, pero un día, mi persona (mente- alma), hizo un “click”. En ese instante, disfruté y comprendí (de algún cierto modo), la energía que transmite este grupo oriundo de Melbourne.

Ya desde el título Into the Labyrinth se nos presenta un panorama de lo que nos espera en éstos 55 minutos de viaje. No es casual que se titule de esta manera, ya que uno puede reproducir el disco la cantidad de veces que quiera y siempre se va a topar con algo nuevo. Se puede descubrir un instrumento distinto, una voz o un lugar al que jamás antes pensábamos llegar. Con una notoria base de instrumentos de la cultura hindú, pasando por claves, coros líricos, deja un mensaje con sus letras: donde antes existió la vida, uno puede descubrir aún su presencia.

Con cada reproducción, DCD busca que cada escucha atraviese de principio a fin el laberinto, que por definición, siempre resulta intrincado (pero provocador). Que nos motiva a sortearlo sin titubear, sabiendo que al final de cada giro, quizá nos encontremos con la entrada… En el mejor de los casos, la salida. ¿Empezamos el recorrido?

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