RCH / Medieval de Gonzalo Marull

 

 

Para encontrar otra vez la Primavera

 

UNA DEMOGRAFÍA AVANT LA LETTRE. O DEL MAGNÍFICO PODER DEL DESPLAZAMIENTO. HEGEL, BADIOU, HERZOG Y KINSKI, DIONISIO, GÓTICO, Y UNA OBRA QUE PROPONE UN TEATRO QUE DE NINGUNA MANERA ES POSTMODERNO, SINO POSTREPRESENTACIONAL.

 
POR CECILIA PERNA

En la Argentina, la irremediable costumbre de vivir abrazados al obelisco, termina, por la fuerza, inclinándonos a todos hacia el Río de la Plata. Como un gran desaguadero, por peso y gravedad, todo lo atrae, y las cosas caen rodando siempre para el mismo lado. El amontonamiento genera inevitablemente un efecto de centro. Centro urbano, centro comercial, político, cultural… descomunal masa de gente viviendo densamente apretada sin saber bien por qué; soñando con irse para siempre en busca de lo que falta, pero quedándose por amor a lo que sí se tiene; armando increíbles redes de intercambio, o matándose en la cruel indiferencia del anonimato. Eso es Buenos Aires. Un centro en el costado, un taponamiento de energía, la experiencia más fehaciente del desequilibrio.

Frente a Buenos Aires -se dice- el resto del país da una apariencia de vacío, o -lo que quizá es peor- de silencio. Pareciera que ahí, entre Buenos Aires y el vacío, se abriera una brecha difícil de salvar; una dualidad que es trampa fácil de pisar: frente a una ciudad gigante que bulle y que bufa, como un gran conglomerado fantasma y solitario, se alza el interior. Y el interior parece tener un fatal destino: el destino de lo oculto, lo guardado, oscurecido, lo escondido. Un destino de doncella que, encerrada en una torre, clama a gritos volverse visible, ser reconocida, mientras se muere de tedio y de conservación. Entonces uno -yo, bah, que soy del interior y hace 10 años que vivo en Buenos Aires- se pregunta -entre las cuatro paredes de su departamento sin cielo- ¿Del interior de qué viene la gente del interior? ¿De adentro de dónde es que sale? …

Basta ya. Y sin ignorar las condiciones reales de la situación, es hora de cambiar, de una vez por todas, semejante forma de pensar el estado de las cosas. Este ángulo de la mirada está ya tan trillado, que bien vale la pena intentar construir otros. Y en ese intento de construir otra cosa es que encontramos a Gonzalo Marull.

Es dramaturgo y director de teatro. (el Currículum: bisociación + gato mensajero + fan de cine + iluminador de recitales + Lic. en Teatro UNC + viaje a EE. UU. y Sean Penn face to face + Kartun y De La Parra y Sinisterra y Spregelburd y Blanco y Kirka + Raft of Lampedusa + Balsa Aguirre y monitos liberados en la selva). Gonzalo no viene del interior de nada. Viene de Córdoba. Viene del centro real -geográfico- del país, que es también el centro de su universo creativo. Tiene un corcel rápido y de buenas herraduras, y está dispuesto a moverse de un lado a otro cuando sea necesario. Gonzalo sabe desplazarse, no tropieza, no se queja. Hace, produce, comparte. Ahora tiene 34 años y desde los 26 -cuando en 2001 estrenó ¿Yo maté a Mozart?- anda haciendo sonar felizmente las tablas de la escena cordobesa. Dice que escribir una obra de teatro es como tender una mano y esperar que alguien la tome, pero es evidente que también sabe cuándo es hora de soltarla y dejarla recorrer su propio camino. Sus obras resbalan así en muchas direcciones: Rafaela, Resistencia, Caracas, Córdoba, Valparaíso, Buenos Aires. Pasan así por muchas manos, por muchos ojos y cabezas, sacuden muchos cuerpos y hacen del teatro un lugar de encuentro, un lugar para unir, juntar, “re-ligar” a la gente, “una disciplina que va más lenta porque arrastra personas, y por ello también es la más viva”. Y, justamente, es Buenos Aires la ciudad que él está tocando ahora, con su obra Medieval que va todos los viernes, un minuto antes de la medianoche, en el Espacio teatral Elkafka, dirigida junto a Miguel Israilevich.

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Cuando fui a ver la obra empecé a sentir un espesor inquieto que crecía adentro mío. Ese espesor me estuvo haciendo un extraño efecto ralentizado, y continuó mucho -pero mucho- más allá de la función. Varios días después, todavía en tal estado, le escribí un mail a Marull, apretado de ideas, sensaciones y preguntas. Y tras una primera respuesta, terminamos sumergidos en un mailing grato y estimulante, en el que tuvimos la extraña y feliz sensación de estar poniendo en la frase del otro las palabras que faltaban para terminar una idea… Por eso esta nota no pretende ser sinopsis, ni descripción, ni análisis de la obra. No pretende (más que ridícula sería si lo hiciera) tomar por la fuerza el lugar único y singular de una experiencia teatral, reemplazándolo por un montón de frases distantes. Pretende más bien, hacer uso de las palabras para dar cuenta de los efectos de esa experiencia, ampliada por un pensamiento alrededor, que pudo ser completado por las palabras de otro. Hacia allí vamos.

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