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RCH / Jorge Leónidas Escudero
   
el documental Oro nestas piedras, de Listorti, Constantini y Prado se mete en el mundo del poeta sanjuanino donde la palabra celebra los detalles pequeÑos que terminan de dar significado al tiempo que transcurre quimÉrico.
POR SILVANA AVELLANEDA

Las piedras hablan y tienen alma propia. Aunque son pocos las que saben escucharlas de tal forma que vuelven poesía las palabras dichas por ellas. Son menos los que le prestan oído al viento para que les susurre secretos que van más allá del encierro del pirquinero, en la fatiga de escarbarle pepitas de oro al vientre de la tierra.

Tan pocos y tan menos son que el poeta sanjuanino Jorge Leónidas Escudero parece llegado de una raza de pocos escogidos para sacarle a las montañas, al viento y a las piedras los secretos que el desenreda en sus poemas.

Un tiempo y un espacio tan propio y a la vez ahí, al alcance de ojos y oídos ávidos como los de Cristián Costantini, Leandro Listorti, Claudia Prado (más la participación de Leticia El Halli Obeid en las entrevistas) que captan sutilezas del tiempo cancinamente sanjuanino en el documental Oro nestas pedras, sobre el poeta-minero, su obra, su gente, sus tiempos.

Fue lejos lejos. Me daba por las piedritas/desas bonitas que juntaba para

todavía tener algunas./Niño cuidate decía mi mamá, no/traigás más porque algún día

buscándolas en el campo te vas a perder.

Técnicamente, el documental, que se presentó la última semana de julio, en el Centro Cultural de la Cooperación, es un largometraje en formato digital de 55'. El rodaje se realizó durante dos viajes a San Juan, en diciembre de 2005 y enero de 2007. “No hubo un guión previo y todo se fue armando y haciendo sin apoyo de ningún tipo”, cuenta Constantini.

Un proceso artesanal en el que la cotidianeidad de Escudero (en su casa, con su perro, su hija; el bar de Douglas y sus amigos; la visita a sus parientes; su hermana y el fondo imponente de los cerros azules) aparece relatada por la misma oralidad que atraviesa toda la obra del poeta.

Una oralidad plagada de ceremonias simples pero arraigadas; de sentencias irrebatibles sobre todo y una mirada que atraviesa momentos, espacios y tiempos para ponerles palabras únicas.

A la mesa del bar van tres amigos/todos los días para ver/extinguirse la mañana./ Pagan de a cada uno el habido/consumo individual y se alejan después con/me duele un pie, esto es artritis, gastritis/me produce el café.

Y el mozo del bar con mirada aburrida/los ve irse a mansalva con cara de inocentes/cuando es público y notorio que están confabulados/y otra vez han asesinado a la mañana.

“Chiquito” o “el Negro” se vuelve omnipresente en voz y en presencia. “Empezamos de curiosos a meternos con la poesía de Escudero por una idea que había surgido de Claudia –explica Constantini- y cuando hicimos el primer viaje nos encontramos con una persona muy directa y muy entrañable, de una personalidad inseparable de su poesía”.

Es imposible no amar a Escudero. Y es imposible no amar el tiempo de cuando niño se dedicaba a juntar piedritas; de las mañanas asesinadas en lo de Douglas por sus amigos; de la esperanza ante todo (de encontrar oro, de acertar en el juego).

De sus épocas de cateador cuando la quimera de dejar de ser pobre terminó siendo más un pretexto para llenarse de poesía en sus andanzas por las montañas del Callingasta, atravesando vientos, aventurándose con mulas y sin lunas por senderos que sólo él veía.

Con rumbo incierto llego, oscurece,/suelto la mochila y descanso/pero sé que aún no he llegado. Mañana/debo salir de nuevo en pos de buscar/lo que nadie ha visto.

Financiado por el propio equipo, estrenado el año pasado en San Juan, sin perspectivas de tener otras proyecciones a la vista en salas aún alternativas, Oro nestas piedras merece ser vista. “Lo más difícil fue tratar de darle una unidad (al documental) para que no haya fragmentos sueltos donde aparezcan los mundos de Escudero de la poesía, el del bar, del juego”, dice Constantini.

También participaron en sonido, Luciano Fusetti; la música es de Santiago Arias, Andrés Hayes, Tomás Lebrero, Jano Seitún; y el diseño de Julieta Rocco.

No pidan a esta croniqueta tecnicismos ni intelectualidades de análisis fílmico. El personaje es entrañable; y el documental se funde en una empatía y, pongámonos cursis, en una ternura donde con alma dispuesta del que mira (y escucha) pasa a ser parte del mundo del poeta.

Emprendo el regreso, pronto en casa/mi mujer grita:—¿Y? ¿Estamos como siempre?

—Silencio—le contesto—,/hemos tenido años de esperanzap

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