La primera voz sobre un proyecto llamado Cineplexx me llegó en 2001 a manos de un ex compañero del escindido colectivo de artistas cordobés Bistró Casares, el artista sonoro y multiinstrumentista Enrique Deschutter. Por aquéllos días fluctuábamos entre una puesta de spoken word aliviada y carente de ensayo, y una afición por la producción y difusión de propuestas ajenas. Fue Enrique el que insistió en que debíamos conseguir los pasajes para que los hermanos Sebastián y Martín Litmanovich visitaran La Docta, para cerrar la tercera fecha de un ciclo interdisciplinario llamado Rocío, homenaje a la descendencia sonora de Daniel Melero. El único material que teníamos a mano era un disco de portada en cartulina verde claro con un pequeño corazón, el último de la llamada trilogía sicosomática, envío del inefable Leandro Frías, agitador incandescente del indie porteño y de las nuevas músicas -actual integrante de L'ÉCHO. El corazón respondía al título de la obra, Electrocardiograma, un téster de emociones pendulares, un viaje sideral en continuo por las extremidades de la conciencia. Es incómodo allanar una estética para cada emoción, pero al traducirlo en un término común de la crítica especializada, el disco fue un opus para la canción electrónica, sometida en aquellos días a un compendio de sofisticación presuntuosa. Cineplexx estaba más cerca de grupos indie rock como Jaime Sin Tierra o filiados al post rock de la cosmología viajera de Jackson Souvenirs -con los que compartió eventuales cruces artísticos-, más que con la asonada tecno o electropop. En una entrevista posterior a la salida de Electrocardiograma (en adelante ECG), Melero me comentó de las horas y la dilatación que sufrió aquel disco, en parte por la minuciosa necesidad de Sebastián de resguardar cada detalle. Entre los colaboradores estaban su hermano Martín –estable en casi todas las obras-; Oso, del combo lounge Giradioses; y Daniel Melero, en la coproducción.
Cineplexx había dado una primera estocada musical en 1997 a través de Comprimido, un cassette de edición limitada con una tirada de 100 copias. De allí sólo tuve la oportunidad de escuchar Ya existís, tema que parece ejecutado en un cuarto pequeño con un sencillo acompañamiento y sin intervenciones digitales, repitiendo de modo candoroso “vos ya existís / y no sabés mi nombre...”, ahora sólo digerible en la Dublab Session de 2007, bastante fiel a su homólogo de antaño. Antes de que alumbrara el último milenio salió Posología, la segunda obra de la trilogía sicosomática. En aquélla ocasión el sello editor fue Caipirinha, una plataforma neoyorquina de difusión de films, música, arquitectura y tecnología, portadora de un intenso activismo por los derechos humanos. La casa dilecta para dar cobijo a una película personalista atravesada por contraluz y penumbra, investida de complejidad sonora, abarcativa: post rock, jazz, noise, IDM de faz deep. La perturbación, la calma, una travesía onírica, y el amor. Todo ello sumido en la reiteración como recurso estelar en la composición lírica.

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