RCh > > ESPECIAL << Peter Weir y el cine que hizo en Australia

 

Antes y lejos de Hollywood

 

HUBO VIDA ANTES DE LA SOCIEDAD DE LOS POETAS MUERTOS Y THE TRUMAN SHOW. Y QUÉ VIDA. EN SU PAÍS, EL DIRECTOR HABÍA CONSOLIDADO UN CINE PERSONAL, MISTERIOSO, PROFUNDO, INTELIGENTE Y BELLO. LOS AUTOS QUE COMIERON PARÍS, PICNIC AT HANGING ROCK, LA ÚLTIMA OLA, EL PLOMERO, GALLIPOLI Y EL AÑO QUE VIVIMOS EN PELIGRO SON LAS PRUEBAS EN LAS QUE SE APOYA LA SENTENCIA. EN LA PÁGINA 3, TEXTUALES DESDE LA DÉCADA DEL 70.

 

POR EUGENIA GUEVARA

El año que vivimos en peligro (o peligrosamente) (1981) ha sido junto con la menos popular Gallipoli, las dos únicas películas de la etapa australiana de Peter Weir -sí, el de La sociedad de los poetas muertos, The Truman Show o Testigo en peligro -que hemos podido ver en esta parte del mundo. Hasta ahora. Las dos, protagonizadas por un jovencísimo Mel Gibson, tienen varios puntos en común. Si en Gallipoli (una batalla homónima ocurrida en Turquía) el contexto era la Primera Guerra Mundial; en El año que vivimos en peligro, lo es la guerra civil en Yakarta, Indonesia- que no llegará a guerra, sino que será golpe de Estado de la derecha, amparado por la CIA, a mediados de los 60-. En ambos marcos, personajes nobles pero humanos, que se equivocan, toman conciencia e intentan actuar, se verán ampliamente superados por las circunstancias. En Gallipoli, por más rápido que corra, Frank (Gibson) no cambiará el destino trágico de sus compañeros; el que quizá sí podría haberlo cambiado era su súper veloz amigo Archy (Mark Lee) que, en vez de correr - el corredor comunica los diferentes puestos de mando en la batalla - elige morir, poniendo el cuerpo en una masacre inevitable, inútil e injusta. De fondo, sabemos, los australianos y neozelandeses son carne de cañón - literal - que sólo sirve para beneficiar el desembarco de los aliados europeos. En El año que vivimos en peligro, alguien muere también sin sentido: Billy, el camarógrafo del ambicioso periodista Guy Hamilton (Gibson) que, en un instante de lucidez, actúa, y es asesinado, sin que el objetivo por el que eligió morir, se cumpla. Finalmente, ambas películas, cercanas a lo que será el cine que Weir filmará en Hollywood, aunque más políticas, son perfectamente clásicas, con su intriga de predestinación y personajes que cumplen sus recorridos psicológicos, y cambian. Eso apoya la declarada admiración de Weir por el cine de Ford y Hawks, de los 30 y 40.

Gibson y Weir, en aquellos tiempos.

Hace poco tiempo, editaron en DVD, las películas que Weir hizo durante la década del 70, en Australia, y que son muy diferentes a esas dos. Alocadas, misteriosas, bellas, con humor negro e inteligencia política asombrosa. Su ópera prima, Los autos que comieron París (1974), que reseñamos en el Número 10 de Ruleta China (además de hacer click en el Número 10, apretar la flecha inferior que dice siguiente), es un delirio horroroso que de tan horroroso, es cómico. Un hombre extraño choca en una curva maldita y queda varado en Paris, un pueblito extraño, poblado de extraños adultos y mucho más extraños jóvenes, que, como forma de resistencia al pueblo y sus adultos, construirán sus propios autos, con los desechos de los cientos, o miles de autos que han chocado o volcado en esa curva maldita, y han terminado en un inmenso cementerio de chapas, cubiertas, ruedas y espejos. Pero hay más extrañeza en el hospital de Paris, donde momias que esconden rostros y cuerpos, sobreviven, o vaya a saber qué hacen. No hace falta ser un genio para asociar los autos destrozados con esas momias sin cerebro.

Picnic at Hanging Rock (1975), la segunda película que Weir filmó (basada en la novela de Joan Lindsay) es misteriosa también. Es un sueño. Un grupo de chicas de un internado, el día de los enamorados, en 1900, va de picnic a la Roca Colgante. Las chicas están alegres, primorosas con sus vestidos color pastel con volados, sus sombreros y sombrillas. Ríen. Miranda es, según su profesora de francés, un ángel de Botticelli. Y será Miranda quien atraída por un no sé qué que está perfectamente construido y sugerido por Weir, comenzará a escalar la montaña con otras tres compañeras. Miranda es enigmática, y desde que salió del internado ese día, hacia la excursión, parece estar perfectamente al tanto de que no volverá jamás de allí. Porque efectivamente ni Miranda ni las otras chicas (salvo una que será encontrada, sin que ello arroje ninguna luz al misterio), igual que una profesora que sintió el mismo llamado de la piedras, regresarán ni serán encontradas jamás. Pero decir de qué se trata, aunque ya de por sí sea misterioso, no transmite el fantástico y bello clima de ensueño de la película, que comienza con una frase de Edgar Allan Poe, en la voz de la rubia Miranda: “Todo lo que vemos y lo que parecemos no es más que un sueño dentro de otro sueño”.

 

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