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RCH / IV Festival Internacional en Buenos Aires

 

 

 

 

 

La poesía inquieta
 

 

EN LA 35º EDICIÓN DE LA FERIA DEL LIBRO OCURRIÓ ESTA FIESTA QUE REUNIÓ A POETAS LATINOAMERICANOS Y ESPAÑOLES. HUBO CHARLAS, ENTREVISTAS, HOMENAJES Y LECTURAS A SALA LLENA, PORQUE AL BICHO URBANO QUE COLMA LOS PASILLOS DEL TRADICIONAL MEGAEVENTO CULTURAL, TAMBIÉN LE GUSTA ESCUCHAR POEMAS.

 

POR CECILIA PERNA

Y así quedamos todos: inquietos. Al menos todos los que tuvimos la oportunidad de participar del festival de poesía que se celebró (se celebró y se festejó, como las palabras lo indican) por cuarto año consecutivo en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, del 29 de abril al 2 de mayo. Fueron cuatro noches de lecturas a todo vapor, con la sala completa (sí, con la sala completa: al bicho urbano promedio que frecuenta año tras año los pasillos de la Feria del Libro, también le gusta sentarse un rato cada tanto a escuchar un poco de poesía) y las orejas abiertas y la atención bien plantada en el acontecimiento, todo completito de palabras.

¿Qué pasó?

En vistas de los peligros de la gripe porcina y, encarcelado tras sus mexicanas fronteras, José Emilio Pacheco, a quien todos queríamos ansiosamente conocer, no pudo finalmente llegar a Buenos Aires. Él era el encargado de inaugurar el festival, luego del homenaje al poeta Daniel Chirom, uno de los motores organizadores del evento, que falleció hace apenas unos meses. Pero, a falta de Pacheco, tuvimos, desde Cuba, a la elegante y simpatiquísima Aitana Alberti (obligados estamos a decirlo: hija de Rafael Alberti y María Teresa de León) que nos llenó -con su acento algo argentino y un poco de todas partes- de una poesía preciosa, que va del registro claro e inocente de una voz niña, hasta el irónico y agudo de una mujer que ha sabido transitar el mundo.

Jueves viernes y sábado, desde la tardecita a la hora de la cena, hubo 5 mesas de lectura con poetas de Baires, de muchos otros puntos del país y del exterior. ¡Oh Dios! Acá quisiera mencionarlos a todos pero no puedo. Voy a dejar que, arbitrariamente, la memoria me deje hablar de los que recuerdo en pedacitos de poema.

Va la lista.

Liliana Mundani, de Córdoba, trajo poemas con arenquitos huérfanos de la sierra; Luciana Mellado, un pequeño animalito, de una serie de miniaturas patagónicas y Paula Peyseré, un perro urbano con olor a mojado. Jorge Alberto Córdoba cazó en San Luis liebres durante la dictadura y Jorge Ariel Madrazo contó de un psiquiatra victoriano que conoció el amor en la vejez. También en la vejez pensó Tatiana Oroño, excepcional poeta uruguaya, como una elegante crisálida de joyas, mientras que el valenciano Ricard Bellverser nos dijo extrañar un cuerpo joven. Laura Sayán habló del cuerpo en el margen de los cuarenta y tantos. El médico Osías Stutman defendió en su poesía la honestidad de Melville y Horacio Zabaljáuregui nos recetó escribir un poema bajo impensadas circunstancias. Raquel González, la única mexicana presente, deslizó sus pequeños poemas eróticos, y Stéphane Despatie nos leyó en dulcísimo francés canadiense. Silvia Montenegro, dialogó con un Príncipe. Novelli conquistó la Patagonia y el brasileño Antonio Miranda fue otra vez joven y rebelde en los sesenta. Nuestra gran Diana Bellessi cantó a la vida por todas las partes posibles y salvó un nidito de la copa de un árbol. El sábado a la noche, el cierre del festival estuvo a cargo de Luisa Futoransky, que vino desde su adoptiva París y, en una entrevista en la que desparramó carisma a cuatro manos, repasó toda su carrera, dejándonos sonrientes después de una prolongada lectura final.

El jueves a la mañana, el festival salió a la calle, y se organizaron dos lecturas: una muy concurrida en el auditorio del Hospital Pirovano y otra en la Unidad Penitenciaria 31 de Ezeiza, donde, desde hace tiempo, en un trabajo impecable, María Medrano organiza talleres de lectura y escritura poética. Allí nos recibió, en el espacio de su taller de reflexión, Luis Sampayo -a quien las chicas llamaban cariñosamente “el chinito”-. Más que una lectura se produjo un intercambio de escritura y de experiencias, muy enriquecedor para todos. La pregunta del encuentro fue si la poesía libera. En respuesta, el mendocino Juan López leyó un textito suyo que decía que un poema es la salida que se abre hasta encontrar el próximo alambrado.

Todo salió redondo y fue una alegría. Incluyendo las típicas corridas, idas y venidas de los organizadores -Graciela Aráoz a la cabeza- que son siempre la muestra de un trabajo grande y a conciencia.

En fin, así quedamos: inquietos. Bajo los efectos del supraestimulante deseo de seguir rompiendo los alambrados del día a día, y abrirnos camino hacia lugares más respirables, más diáfanos, más amorosos. Por eso queremos y necesitamos más fiestas de poesía… No nos preocupemos y esperemos hasta el año que viene que lo bueno -también- siempre repite

el blog del festival

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