Con otra encuesta antropófaga en el borrador, asiento que la clase media argentina dice conocer más de la cultura del Lejano y Medio Oriente, que sobre la de África. Aunque no puede diferenciar un turco de un árabe. O un palestino de un talibán. Vamos al margen nuevamente, no es tema de nuestra competencia…Volvemos al margen y cabe decir: Mandela, leones, jirafas, lanzas, Níger, hambre.
En Vamos a matar al tirano la madre (una madre en un sentido ancestral y espiritual) se alza como testigo indeclinable de un destino, flanqueado por la extinción de la herencia y frente a la decisión de claudicar el tormento obsequiado gratuitamente por dictadores y tiranos. “Que no puedo pasearme por las grandes vías, el torso desnudo, desafiando al invierno…”, escribe Zamora Loboch –nacido en Guinea Ecuatorial, residente en España- en Prisionero de la Gran Vía, en el comienzo del libro.
Tres poemas no son un hombre, pero sí su puño o su lengua. Así llega el nigeriano Tanure Ojaide, la voz inmigrante, la de los exiliados, la que siente su tierra con dolor y añoranza pesada. “Salvad a Copito” también suena a “Liberen a Willy”. Un tributo entrañable y filoso al mono de los ojos tristes por saberse en el fondo, el último eslabón en su especie. Me sugería “Liberen a Willy” hasta que Zamora Loboch habla al gorila ennumerando las pestes que eludió para occidentalizarse, entre ellas “…un neocolonialismo sentimental”.
Umba Wa Nyembo nació en el Congo pero vive hace veinte años en Buenos Aires. “Nadie podrá quitarte esa sombra de corazones llenos de alegría” aclama en Sombra de corazones, y me dan ganas de correr a darle un abrazo. Su coterránea Huguette Sathoud detalla más sobre diásporas y advierte “…otros pierden todo aquello que poseían y no vuelven a encontrar el equilibrio. Esa es otra manera de morir”.
Muerte, desaparición forzosa son los temas de Ndongo-Bidyongo. Y un disparo en Cántico que descubre el mandato del poeta: llorar su tierra "inmensa y pequeña / dura y frágil”, privado de los placeres de la vida. “El poeta es poeta por voluntad humana”, y hace cavilar sobre el designio de Occidente en el oficio de escribir desde el centro: la paja intelectual que mira hacia el ombligo.
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