Rch| La vocación creativa

 

 

 

Una anomalía social

 

 

CÓMO SE HACE PARA SEGUIRLA FRENTE A LOS REQUERIMIENTOS SOCIALES, ECONÓMICOS, FAMILIARES, ETC. VAN GOGH, MANUEL DE CABRAL, EL PILOTO DE AVIONES DE COMBATE QUE QUERÍA DIBUJAR... y QUÉ NOS QUEDA PARA LOS QUE LA TENEMOS, EN LA ARGENTINA DE HOY.

 

   
POR ALEXIS OLIVA

Según el gran Atahualpa Yupanqui, tenemos -todos tenemos, aunque algunos no la amen- una novia muy hermosa que se llama... libertad. Esa novia suele tener otros nombres. Uno de ellos es otra palabra hermosa y muy rica en significados que se nombra vocación.

Si uno se asoma a un diccionario, la primera acepción tiene un fuerte contenido místico: “Inspiración con que Dios llama a un estado, especialmente al religioso”. Pero también se la define como “inclinación natural de cada individuo por un estado determinado o actividad regular de vida”. Y ahí sí aparece el parentesco con la “novia muy hermosa”.

Con esa libertad infinita con la que de niños contestamos a la pregunta: ¿Qué querés ser cuando seas grande? Y decimos astronauta o criador de abejas, odalisca árabe o conductora de trolebús, detective privado o ladrón de joyas, monja católica o gitana adivina, domador de tiburones o pescador de estrellas... (Yo, nacido en el ‘69, decía que quería ser astronauta y más adelante guerrillero. Oficios muy dispares, hasta que vi esa obra maestra de Ridley Scott que es Blade Runner (foto de apertura)- basado en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) - y me enteré que en el espacio exterior también podía haber una guerrilla libertaria).

Pero es casi brutal que la pregunta contenga el verbo “ser”. Porque en la gran mayoría de los casos esa primera vocación termina siendo como un fugaz primer amor o un amor imposible. Porque la vida, la familia y la sociedad nos terminan imponiendo otra cosa para “ser”. Y terminamos siendo eso que la familia, el país, Dios o la Patria necesitan, eso que la sociedad reconoce, eso que cotiza en el mercado de las profesiones. Entonces aquella pregunta pierde romanticismo, gana en frivolidad, suena algo así como: “¿Y vos qué sos?” y se acompaña con una mirada por sobre el hombro si la profesión del que pregunta cotiza mejor que la del que responde.

(Quino lo ilustra perfecto en una tira de Mafalda en la que su padre, gris oficinista, conversa en la playa con un hombre que le dice: “Claro, es que vestidos así todos somos iguales”. “Perdón, ¿el señor es...?”. “Médico...”, le contesta el otro desde las alturas de un pedestal imaginario y coronado de laureles).

Y es muy difícil sustraerse a este imperativo, sutil pero poderoso, que orienta la elección de una carrera en función de lo que Pierre Bourdieu define como “capital simbólico”, que tiene que ver con el conocimiento pero sobre todo con el reconocimiento. En un mundo donde la fama y la imagen mediática valen más que lo auténtico y lo real, esta presión es cada vez más inexorable. Incluso la supuesta “orientación vocacional”, que a veces resulta necesaria si es abordada con seriedad, se ha convertido en un negocio, como tantas otras cosas.

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