Resulta paradójico, pero cierto. Para que el trabajo del mayor y más radical de los periodistas encubiertos funcione, es menester que abandone los disfraces, los acentos de inmigrantes y los empleos oprobiosos para volver a ser él mismo y narrar, ahora sí desde el pedestal del oficio, los aconteceres de su experiencia.
El alemán Günter Wallraff (Burscheid, 1942) ha de despojarse de toda mascarada y mostrar su rostro, su persona, para resultar creíble, para volverse un mito del periodismo contemporáneo de investigación, un fenómeno de masas lectoras.
Cierto, se le mira muy serio, adusto casi, pero también muy tranquilo, con su nariz ganchuda, su bigote duro y entrecano, sus rasgos firmes y las arrugas rectas, sus anteojos ligeros y su prominente calvicie con orejas al aire. De pronto rememora a un Woyzeck contemporáneo, tal y como Klaus Kinski lo intepretó en el cine. Pareciera imposible que este hombre, tan identificable, tan fácil de describir, haya logrado, una y otra vez, infiltrarse en todo tipo de grandes corporativos, pese a que se distribuyeron ampliamente los famosos “perfiles-Wallraff” entre los departamentos de contratación de una gran cantidad de empresas privadas y gubernamentales. Pero siempre lo ha logrado, si hemos de creer sus escritos.
La más importante de sus apariencias, empero, es la que le permite recorrer el mundo sin pelucas ni lentes de contacto oscuros, la del “periodista indeseable” –título de uno de sus libros de mayor éxito–, gracias a la cual ofrece conferencias y cursos sobre el método empleado para sus largos reportajes y del que es el ejecutor más famoso y quizá el único de esa escuela. La de encarnar otra identidad, otra personalidad, para vivir/sufrir, en carne propia, las desventajas de pertenecer a cierto grupo social o de ser obrero de alguna gran empresa que explote a los trabajadores.
Cierto, sería imposible concebir que un periodista pueda destinar años completos de su vida si a cambio no existiera una sociedad como la alemana dispuesta a comprar masivamente los libros que son producto de tales aventuras, pues no sólo es un escritor de largo aliento, sino de métodos peligrosos y que requieren una dedicación absoluta durante meses, años incluso. Que exigen ganar el dinero suficiente como para emprender una defensa legal contra sus investigados. Por ello es una bendición que hayan logrado tan grandes ventas.
Sus textos relatan estas temerarias andanzas, tan románticamente atractivas que incluso le llevaron al encarcelamiento y la tortura por la policía secreta griega cuando se encadenó a un poste en la plaza Sintagma de Atenas para protestar contra la violación de los derechos humanos por parte de la dictadura militar que lo confundió y luego trató como a un opositor interno. A la vez que un periodista, es un héroe de distintas causas sociales, de los oprimidos.
A diferencia del periodismo tradicional, que basa su accionar en el contacto con la sociedad, en la investigación de documentos, en la entrevista, en la interrogación incómoda, este alemán trabaja por su cuenta y a su modo. Primero, fue empleado de grandes empresas alemanas y relató su experiencia para un periódico sindical, Metal, entre 1963 y 1965, que posteriormente serían recopilados en el libro Reportajes industriales. También colaboraría para el Hamburger Morgenpost y la revista de sátiras Pardón. Desde 1968 trabaja para la revista Konkret de Hamburgo.
Desde entonces, generó una extraña solidaridad entre la cúpula empresarial para compartirse las mencionadas carpetas sobre su perfil, para evitar mayores denuncias y daños de su parte.
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