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RCH / Diego Rojas y su disco casero

 

 

 

 

 

 

Un nuevo gen

 

CANTA, COMPONE Y ESCRIBE. EDITA SU PRODUCCIÓN DE MANERA INDEPENDIENTE. LA VENDE. CIRCULA. HAY ALGO ESPIRITUAL EN SU TRABAJO DISCOGRÁFICO ALGO -INFRAMAR Y SU PRESENCIA, ILUMINA.

 

POR LUCAS AMUCHÁSTEGUI

 

"Una oscuridad que pasa/ una oscuridad que va", canta Diego Rojas en la primera canción de su disco independiente que editó con el nombre de Algo-Inframar. Estos versos son quizás lo más oscuro de la obra, plena de reminiscencias luminosas cercanas al concepto energético manejado por seres que creen en que la energía es irradiación, y que un cd puede dar-a-luz. Diego, la persona, estaba en Radio La Tribu cuando lo conocí. Daba una nota al programa radial de la gente de Flia. Me llamó la atención algo en su cara, en sus ojos, como si lo conociera de alguna parte. Apenas nos cruzamos dijo “¿Te conozco de algún lado?”. A lo que le respondí, sólo para no dejarlo en llanta, que sí, que tal vez, que de cualquier forma hoy en día todos nos conocemos de algún lado. Creo que pensé en Internet. Tal vez él no, y me dijo “claro, claro”.

En mi mp3 se escucha esto si apretás play:

“Hola mi nombre es Diego Rojas, y nada, soy artista independiente, me autogestiono, hago música y también fanzines. Escribí dos libros y los edité de manera independiente, y me encanta esto de que haya cada vez mas gente haciendo cosas por sus medios, no por impulsos económicos sino por algo que sienten”. Es decir, una presentación que no dice nada en sí misma, pero que habla mucho de cómo este artista considera al proceso de creación, producción y distribución del arte.

Ya que estaba en la cosa, y aprovechando mis últimos veinte pesos del día, le compré Algo-inframar, sin saber con lo que me iba a encontrar. Me lo vendió, menos mal que tenía vuelto.

Mi oído había registrado en el contexto una guitarra criolla haciendo una especie de slow tempo reggae, al más puro estilo Manu Chao, con letras ancladas en lo poético pero disparadas hacia cualquier camino por los llanos galácticos, zen, anárquicos. Su voz que parecía acomodarse sin problemas a una especie de dulce monotonía de poesía filosófica. Me interesó. En un primer momento tuve la tentación de clasificar su estilo, y cedí: música del espíritu. No se que significa música espiritual, quiero decir, más allá de los lugares obvios en donde ciertos cantautores de la nueva era caen sin preocupaciones, el chico Rojas parecía tener verdaderamente un rayo de luz en su impronta compositiva. Cosa que constaté en el disco, una vez puesto en la notebook, desenrollado el cansancio, relajada la pera, calzados los auriculares.

Inframar, pleamar, mareas. Lo acuático desde la portada hecha caseramente, sin dejar ningún tipo de dudas acerca de esto. Una especie de óleo marítimo surcado por ventanas, puertas, portales. Y ese algo que bucea en las preguntas y casi respuestas de una generación (o quizá dos) que se cuestionan acerca de las contradicciones entre el capitalismo y la naturaleza, digamos. No hay ideología, convulsión, pelea frontal en las canciones de Rojas, hay sí, creatividad, en el sentido de diversidad de modo de nombrar y cantar las cosas. En la línea de los poetas que quieren fundirse con la pachamama, este músico pesca en lo elemental del arte, el corazón de las impresiones tonales que no pasan por una buena consola, ni por grandes instrumentaciones, ni siquiera por una lograda técnica para acompañarse con la guitarra. Nada de eso, pero sin embargo, y como pasa con algunas unplugged de íconos de la música, como el Time fate love de Luca Prodan, el acústico pirata de los Beatles con la primera toma de las canciones del Álbum Blanco, o ciertos acústicos de solistas como Nick Drake o Buckley, lo que Inframar regala es comunicación, conexión, intimidad: llamémosle belleza cruda, o mejor dicho: Crudeza bella

 

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