RCh > > ESPECIAL <<Juan L. Ortiz
 
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Su vida en Paraná, estuvo compartida con su compañera y amiga entrañable Gerarda Irazusta, con una docena de gatos, con algunos perros, con una larga boquilla de bambú china, con miles de recuerdos y anécdotas, con muchos libros y poemas que leía y releía mientras mateaba o conversaba. Leyó a Ezra Pound, Rilke, Pavese, Maeterlinck, los simbolistas belgas, los surrealistas franceses y toda la poesía china. A fines de la década del 50, viajó con otros poetas y escritores argentinos a la tierra de Li Po (‘ese lenguaje más delicado que la seda más suave’, como diría el crítico Robert Payne). Al poner los pies sobre China comprendió que aún, no había aprendido a vivir: ‘cuando digo China, es una ramita lo que atraviesa olivamente el aire, en la punta de un vuelo de nieve, hacia el viento del día...’ Casi sobre el final, leyó el Más que humano de Theodore Sturgeon y fue ‘la última esencia con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones y los latidos para el encuentro en los abismos...’

 

Juan Laurentino a los 17 años

 

El cine era su segunda pasión y le dio muy buenos momentos: ‘cómo olvidar a Chaplin, a Eisenstein (el Dostoievski del cine), a Flaherty, que me enseñó a vivir con Nanouk, a Kurosawa y esa belleza que es el Derzu Usala...’ Escuchó toda la música del mundo y tuvo predilección por todo aquello que sugería al hombre como eje fundamental de su temática. Un poco antes de emprender el vuelo, pudo escuchar Islands de King Crimson y frente al río Paraná, imaginó ‘que devolvía todo, todo, en dulces ideas de melodías por abrir?’ Y en la literatura latinoamericana, tuvo a dos ídolos indiscutidos: Argüedas y Vallejo. Hablaba de Borges con mucho respeto, pero sostenía que Diego Angelino ‘es uno de los más grandes cuentistas argentinos’. Le preguntaron una vez sobre Silvina Bullrich, a lo que contestó con esa sonrisa irónica que le caracterizaba cuando se trataba de descalificar a alguien: ‘yo no me acuesto de ese lado...’

Como ya corresponde a la tradición, Juanele Ortíz vivió pobremente. Sus únicas entradas de dinero, provenían de la jubilación como empleado en el Registro Civil y algún derecho de autor que llegaba muy de vez en cuando. Lejos del mundillo literario, prefirió vivir en esa casita pequeña, casi pendiendo de las altas barrancas del río Paraná: ese paisaje fue y será siempre su alma. Hasta la publicación de sus Obras Completas (En el aura del sauce, Editorial Bibliotea Constancio C. Vigil, Rosario, 1970), él mismo pagaba la edición de sus propios libros. No más de 300 ejemplares por edición que eran repartidos entre suscriptores y amigos.

 

El poeta, a sus 20.

 

‘A quién ofrezco este sentimiento triste de tan sutil?’, preguntaba el poeta y su pregunta se vuelve universal cuando el recuerdo trae la imagen de sus ojos vivaces y chiquitos, de sus manos largas y finas, de su boca en el paisaje del rostro marcado por las arrugas del tiempo, de ese cuerpo curvado por la estancia de la vida... ‘Pero yo se que un día los frutos de la tierra y del cielo, más finos, llegarán a todos. Que las almas más ignoradas se abrirán a los signos más etéreos del día, la noche y de las estaciones...’

La muerte, a veces sucede, no pudo llevarse caudal de vida tan grande como la de Juan Laurentino Ortiz. Cuando ya amanecía sobre el paisaje que había amado como nadie, el 2 de setiembre de 1978, Juanele entregaba su sueño al nuevo día y, en el momento en que más se lo necesitaba, con desmesurados ademanes se alejó en medio de la noche y llevó consigo, las últimas estrellas que estaban en la piel del cielo


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