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La ficha técnica de Amigo es muy simple. Juan Quintero voz, guitarra, guitarrón, requinto. Edgardo Cardozo, lo mismo. Adentro, letras propias y poemas ajenos hechos canción. Esos son los elementos. Veamos ahora la historia.
Uno, Quintero viene hace rato creando joyas que ya están en el nuevo cancionero argentino, con una impronta que mixtura sin costuras a la vista la música del Brasil, el folclore argentino, y el estilo canción popular. Como letrista, Juan es preciso, austero y claro. Es como un amigo que te dice las cosas bien: sin demasiada lírica, para que no creas que está verseando, pero escapándole a la obviedad textual con delicioso estilo personal, el mismo que lo hace reconocible en Paloma y también en Últimas palabras de aliento, sendas muestras de cómo el amor y la amistad pueden ser expresados con belleza sin recurrir a fórmulas fáciles, con un acompañamiento instrumental que escapa a lo racional: nadie sabe qué está tocando Quintero mientras canta. Algunos sugieren que acaso ni él mismo lo sabe, aunque fuera de broma, su trabajo con la guitarra demuestra que el virtuosismo no pasa por la cantidad de notas disparadas por minuto, sino por la figuración final del tapiz musical que esas notas entretejen.

El otro, Cardozo, es un ferviente admirador de las irregularidades rítmicas que no suenan como tal.
Guitarrista que supo formar un trío increíble allá por los 90 (plasmado en un disco difícil de hallar, a pesar de ser necesaria referencia de muchos
músicos indie o del nuevo folclore), el mismo que integra Puente Celeste, banda que se vale del formato canción para descargar
la energía lúdica en improvisaciones con sistema de señas; es también investigador de la unión entre música y palabra.
No otra cosa se puede oír en sus temas, todas fusiones interesantísimas y hermosas de estos dos elementos. Sin una forma muy reconocible (aunque la use), Edgardo
pone en el tablero textos aparentemente duros de musicalizar como La ventana de Leónidas Lamborghini, y hace que se conviertan en una suite cantábile. Lo mismo pasa con Las luciérnagas, hecha en base a un poema de Juanele Ortiz.
Sus composiciones irradian
reverberos del estilo rioplatense, que ha dado hijos tan diferentes como Jorge Drexler, Fernando Cabrera, Mateo, Jaime Roos, entre otros. Pero es su manera de tocar lo que lo desprende de cualquier encasillamiento. Un toque como de oleaje, con magia en la "mano derecha", que confecciona arpegios creativos, movedizos, extendidos, para de pronto confluir en
certeros punteos.
Como dúo de cantantes, hay una vocación permanente de jugar, traer y llevar registros y tonos, logrando sorpresivos y ajustados contrapuntos.
Todo con una naturalidad que hace pensar:"No sé que tiene esa calle, que parece que ha llovido".
Lo más curioso es que semejante bagaje de un lado y del otro en vez de acumularse o chocarse, se acople en un un disco equilibrado y homogéneo.
El secreto para que ésto haya sido así, creo que está en el título del álbum.
Quintero
Cardozo |