RCh| Muestra de dibujos de Alfonso Piantini
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| "DIARIO PARA UNA TORMENTA..." ES UN DIARIO IMPULSADO POR EL DIBUJO, EN VEZ DE LA PALABRA. AQUÍ DIBUJAR ES DAR LA CARA A UN MUNDO, QUE ES PROPIO Y AJENO A LA VEZ, ES DECIR "YO" Y AL MISMO TIEMPO, TODO LO DEMÁS. |
Desde comienzos del siglo pasado, el género del diario se volvió un firme espacio de experimentación. En él, los autores ensayaban los materiales que luego, reelaborados, reaparecerían en sus obras una y otra vez.
Los antiguos diarios del siglo XIX habían tenido por misión conformar un sujeto fuerte, que relatara sus experiencias de cara a un mundo que siempre era lo otro, que siempre era el objeto para ser representado y que, como tal, no podía más que mantenerse a raya. En esos escritos, el sujeto se autoerigía, definiéndose a sí y echando al mismo tiempo sobre el mundo las redes simbólicas de la representación, que garantizaran un orden y una realidad estable. De aquellos diarios, los nuevos diarios experimentales heredaron la capacidad de decir yo. Pero de las desconcertantes vivencias de la nueva modernidad recibieron, en cambio, el shock de un duro golpe al ego que, desintegrando la fortaleza de aquel viejo sujeto, impidió de una vez y para todas la distinción segura y dominante de lo uno y de lo otro.
A comienzos del Siglo XX, los lineamientos de representación que configuraban la realidad ya se habían perdido. El relato estaba disgregado y el lenguaje, que había sido transparente garantía de verdad, se había oscurecido hasta casi enmudecer frente a un mundo imposible de representar. Sin embargo, la voluntad de dar forma, de generar un cierto orden, de producir sentidos y no simplemente guardar silencio, permanecía intacta. Para eso se hacía necesario de vuelta decir yo, pero decirlo, esta vez, no implicaba alejarse de lo otro sino reconocerlo, rehacerlo y fundirlo en sí.
Los diarios fueron entonces ese espacio privilegiado para la experimentación, en el cual se podía decir yo y, al mismo tiempo, decir otro, recreando un mundo en el que los límites entre realidad y ficción estaban desdibujados cuando, de todas formas, eso que alguna vez se había dado en llamar realidad, ya no existía -o, si se quiere, era innombrable, irrepresentable, era el caos-. Así, en los diarios de Kafka, de Mansfield, de Plath -o de Kahlo- es posible reconocer, al mismo tiempo, el registro de una experiencia propia del mundo ‘real’ y la semilla de creación de un mundo-otro, que luego reencotraremos repetidamente en el resto de sus obras. En los diarios, el pasaje entre estos dos mundos se produce a través de un límite invisible: allí, estar en la ficción o en la realidad es estar en mitad de un proceso de mutua creación donde uno más uno (o, quizá, uno más otro) es siempre uno.

De estos diarios amados de otros tiempos, el Diario para una Tormenta es heredero. A diferencia de aquellos que, todavía un poco íntimos, fueron hechos -como el de Kafka- para el fuego -aunque rescatado del fuego- o -como el de Plath- para la muerte -finalmente mutilado y quemado por sus familiares-, este diario se hizo al ritmo de sus publicaciones parciales, en el marco de un proyecto que procura, a través de la producción constante, la afirmación de una obra siempre en progreso. Al igual que aquellos diarios, este diario se abre a la experimentación exhibiendo, en su continua búsqueda, incluso sus fracasos relativos, incluso la falta de planes, incluso la urgencia de la improvisación, para brillar de golpe en el encuentro con la forma esperada.

El Diario para una Tormenta -vale decirlo- se diferencia también de aquellos diarios porque no lo impulsa la palabra. Aunque las palabras no estén ausentes en él, es a través de la disciplina del dibujo que configura -porque nunca deja de figurar, aunque sea por los bordes de la figuración- un mundo. Y, por supuesto, también en este mundo es necesario decir yo, diciendo al mismo tiempo todo lo demás: dibujar es dar la cara a un mundo, que es propio y ajeno a la vez. Así, se inventa entonces ese autorretrato de otro, eje de la obra, o bien, puerta por la que pasan, de ida o de vuelta, retazos de la vida diaria, planos de cine, trazas de cómics, infinidad de automóviles, paisajes urbanos, naturaleza, caricaturas, golpes de humor. De esta forma, fusionando en la imagen elementos comunes a nuestra percepción cotidiana y a nuestra memoria, se crea un pasaje entre ese mundo inventado y el mundo que, a nuestro alrededor, nos precede.
Conservando la figuración, este diario abandona por completo la representación; y su desvinculación de todo rastro de realismo es la condición para que su mundo se vuelva real y verdadero. La verdad que se desprende de ese mundo creado anula la originalidad de nuestro mundo cotidiano: no solamente ya no hay algo “más real” a lo cual guardar fidelidad alguna, sino que, además, es posible re-con-figurar nuestra percepción cotidiana a partir de las imágenes que nos llegan del diario. De hecho, con una pequeña sobredosis de Piantini detrás de los ojos, no es difícil reencontrarse con el mundo que él ofrece, en cualquier momento del día, en una inflexión cualquiera de la mirada

Alfonso Piantini. Buenos Aires, 1974. Arquitecto y artista plástico, se formó en los talleres de Roberto Páez, Jorge Demirjián, Pablo Siquier. Es profesor de dibujo en las universidades de Buenos Aires, de Palermo y Torcuato Di Tella. Desde 1996, participa de muestras colectivas e individuales en distintas instituciones y galerías, y desde el 2006, del proyecto de dibujo diario "niundiasinunalinea". Vive y trabaja en Buenos Aires, en el barrio de Montserrat.
La muestra de dibujos de Alfonso Piantini "Diario para una tormenta" puede verse hasta el 21 de noviembre de 2008. Martes a domingo de 15:30 a 20:30, en el espacio NIUNDIASINUNALINEA
Defensa 1455 San Telmo – Buenos Aires
la web de niundiasinunalinea
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