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RCH / Laboratorio del Rojas. Se presentó en octubre e hizo política
 
 

Breve ensayo de por quÉ sÍ hay que elegirlo y menudas (por lo legas) observaciones de su plataforma de trabajo.

 

POR SILVANA AVELLANEDA

 

I vote.

Digo, siguiendo la fiebre presidencial que se contagió desde la madre patria. Con la diferencia que en mi caso elegí a Muscari, José María, director, actor, dramaturgo.

Lo proclamo –y esto no le quita ningún mérito a la rotunda afirmación- desde mi sentido común de la posta del mundo teatrístico local, de conocer trayectorias por lecturas robadas por ahí, de fatigar algún que otro teatrín.

Y sobre todo por simpatizar sin más de sólo verlo. Ni siquiera en el ámbito natural-laboral: un restocito-fondín X de San Telmo cuando los de mi mesa lo saludaron como se saluda a un semi dios.
“Uy, mirá, Muscari”, dijo alguien después de mal tragar un raviol (de pasta con salsa, por favor…) del almuerzo.

Un semi dios que saludó divinamente. Con chispitas en la mirada de esas que dicen que él se ríe de los que los saludan como a semi dios.

Eso sólo ya lo pone en categoría de dios.

Y lo termina de confirmar que tenga la inteligencia (no sé si después de quebrar barreras, reírse de sí mismo, tomarse en serio, tomarse en broma) de mandar al diablo prejuicios. Una especie de “niño indigo” en un hombre de 30 cortos años. Que produce obras de teatro como quien dice “me fumo un pucho” y que, además, tiene la virtud de que sean buenas, vistas y sobre todo, completamente diferentes aún en eso mismo llamado under (o “teatro off”).

Muscari no cuenta las historias desde el “había una vez” y el “sigue por acá”. No. Él trabaja con bombardeo de escenas, de frases, de personajes. Con historias que se cruzan, imágenes que se cruzan. Géneros y estilos: happenings, biodrama, drama, comedia. Ensayos. Canto. Recitados y hasta catering.
Una vez dijo que él “trabaja con artistas y sus sensibilidades”, se planta como indagador de mundos y de relaciones. Y eso hubo en el espacio LaboratorioTeatro del Centro Cultural Rojas, adonde llegó invitado para “bosquejar, diseñar, y realizar apuntes sobre una temática puntual, impuesta”.

Apareció con “Muscari hace política” (todo se puede seguir en este blog) y cuatro “módulos”, espectáculos en sí mismos: la década del ´90, la lucha de clases, los símbolos patrios, el peronismo. En la sinopsis del Rojas se explicó que el LaboratorioMuscari “es un happening político, un show con contenido social, una revista freak de actualidad comprometida”.

 

 

¿Esto de “revista”, “show” lo vuelve sospechosamente “vacuo”? En absoluto. Y esa es la maestría: en el aparente caos (de escenas, discursos, actores de pelajes y procedencias varias) está el nudo, la crítica filosa, la risa que desnuda absolutamente todo, las imágenes que desnudan absolutamente todo. Las contradicciones, las nuestras (como “popolo” o personales) que saltan y las que se esconden quedan mostradas.

Desde el granadero en pelotas, pasando al argumento de por qué hoy el símbolo patrio es “el” culo; las dos señoras de barrio sur tirando a conurbano; el malambo y el descarte del juego de títeres; la marcha de San Lorenzo; el himno chileno; el ahijuna y el viva la patria canejo.

Además de los invitados sorpresa, Julia Amore, Diego Benedetto, Elsa Bloise, Héctor Bordoni, Maruja Bustamante, Soledad Cagnoni, Laura Espínola, Emiliano Figueredo, Armenia Martínez, Dina Pugach, Diego Rinaldi, Felipe Rivera Valencia, Roberto Yañez son fundamentales.

Porque cada ensamble del engranaje es creación de ellos: desde las historias reales de sus trabajos como castores en easy, empleados felices en mc algo. Laburantes a contramano de los oropeles que aparecen en la proyección de fondo de la serie Dinastía; fatigadores de primarias con cabildos y casitas de Tucumán calcados.

Historias personales que terminan cruzándose en una historia común. “Un pretexto para que Muscari y su elite de actores cachivaches se junten a ensayar con sabor a under” (Rojas dixit). Tan cachivaches como cualquiera. Tan under como cualquier historia común/nacional que puesta a analizar termina en una frase a lo Coelho (Paulo): “cuenta tu aldea y contarás el mundo”.

Así me fui. Manducando pan en plena Corrientes. Arrepentida por haber llegado tarde al mate cocido que circulaba. Y pensando en qué bueno haber dejado, en algún cajón sellado, bronces, espinas y laureles

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