Cuando Luis Fernando Benedit tenía 30 años fue a la XXXV Bienal de Venecia y la obra que presentó, el Biotrón, resultó la más importante de la exposición, desafiando los límites entre arte y ciencia. Hoy, cuarenta años después, sigue cuestionándolos. Tatato, como le dicen, es una persona aguda con dos cualidades poco frecuentes: sabe escuchar y piensa antes de hablar. Por eso, hay silencios extendidos. Con un gran sentido del humor, recuerda anécdotas y actúa escenas reinterpretando a los personajes, exterioriza su mundo y sus vivencias con una cadencia atrapante.
¿Cómo fue participar en una bienal tan importante como la de Venecia a esa edad?
De esas cosas que hice en los ‘60 (el Biotrón se basaba en el estudio del comportamiento de animales, en ese caso, abejas vivas), después me cansé porque eran invendibles y muy difíciles de mantener (se ríe). Ahora me las están comprando o me las quieren comprar. En realidad, tácticamente, tendría que haber seguido haciendo eso porque aún hoy tienen vigencia; pero entonces era mucho más difícil. La confrontación con el público, la crítica… La gente no estaba acostumbrada. Ahora han pasado muchos años, se ha visto mucho y a nadie nada le resulta raro. En aquel momento, si continuaba, tenía que dedicarme a estudiar biología y zoología para hacerlas realmente más en serio. Desde la ciencia te miraban como un amateur, como un aficionado, y desde el punto de vista de la crítica y los artistas, mi obra estaba muy por fuera del campo del arte. No estaba muy bien en ningún lado.
¿Cómo fue la recepción de estas obras acá en Buenos Aires?
De esa obra hice una exposición en el 68 cuando volvía de Europa en la galería Rubbers, en la calle Florida. El Biotrón tuvo mucha repercusión, había muchos periodistas, algunos hablaban bien y otros mal, pero a todos les resultaba raro... Y en Venecia fue la obra más importante de la Bienal, salió muchísimo publicada. Ahora esa obra se desarmó…
¿La reharía?
Sí… Pero es muy difícil, es un panel de abejas vivas… ¿Quién las cuida?, ¿Cómo? Se te mueren…. Tengo muchas fotos y se hizo un film, pero el rollo se mandó a revelar a Roma, nunca se buscó y se perdió. Ya no me voy a ocupar.
| Arriba. "Cafulcurá y Pecera Pauke", presentada en la Bienal del Fin del Mundo, 2007. A la derecha, Dos escenas de la serie de la Guerra I, 1980. |
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¿Qué piensa de los artistas jóvenes y qué diferencias nota con respecto a sus contemporáneos?
En todas las décadas o quinquenios sale una camada nueva, más o menos interesante, hijos de sus circunstancias. Siempre he mirado a los jóvenes, me interesan mucho. Lo que más atendí a raíz de un libro que hice para el Fondo Nacional de las Artes, es la generación del ‘90. Aquél fue un momento interesante, puede ser que ahora haya otro momento así, efervescente de jóvenes y galerías nuevas. Respecto a mi época, ahora hay un mayor interés hacia la producción joven, casi una manía: cada marchand, cada crítico, cada historiador de arte quiere encontrar su joven. En los ‘60 era un poco igual con el (Instituto) Di Tella. Había artistas de 22, 24 años. Recuerdo que a un crítico americano que vino, le llamó tanto la atención este fenómeno que dijo: “bueno, yo me voy a poner a buscar gente de menos de 19, tiene que haber en Estados Unidos”. Mucha gente cree que ser joven es bueno per sé.
En relación con el mercado de arte, ¿le parece distinto?
No estoy muy al tanto de precios de los jóvenes, pero por muchas cosas que he visto, me parece que el spread entre un chico de veintipico de años y un señor grande que ha pintado toda su vida y es reconocido, es chico. En relación al mercado americano, los tipos de más carrera son muchísimo más caros que acá y los jóvenes, bastante más baratos.
¿Qué opina sobre el mito del artista “fóbico” frente al papel en blanco?
A mí nunca me ha pasado, no sé si es por la formación de arquitecto, en la que uno se acostumbra a proyectar, a imaginar la obra. A veces puedo empezar en una punta y terminar en la otra, sin borrar, y queda como pensaba. Nada que ver con el artista expresionista tipo Pollock (y actúa dramáticamente): “yo estoy frente al papel en blanco” - ese cuento que a la gente le encanta creer, con los nervios y el vértigo… - (continúa la actuación): “miro así y tengo un tacho de pintura negra y tiro una mancha negra y después empiezo a jugar a ver que sale”… (se ríe)
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