Patadas al aire
“Desequilibrados en el aire, ¿a qué nos atrevemos?”, lanzaba, Veronese al explicar la génesis de la obra. El dramaturgo dice haber leído sobre suicidios de caballos en el interior del país. Al parecer, los animales se arrojaban al vacío, desde los acantilados. Entonces, dice, imaginó la necesidad de estos cuadrúpedos de estar pataleando al viento, al menos unos segundos: “sobrevivir unos instantes en el aire cuando la tierra ya no puede soportar el peso de nuestro pensamiento”. Explicita su voluntad de indagar, así, en el “perfil sentimental de quienes resisten como pueden pero en algún momento descubren la forma de devolver la violencia que reciben”.
Por allá, los que esperan (¿Vladimir y Estragón?) dan patadones al aire. En el decadente comedor de la puesta de Veronese en el teatro Valle-Inclán de Lavapiés, una guionista en ciernes (imponente, como siempre, la española Blanca Portillo) imagina una escena onírica de caballos. Su marido la ningunea, su cuñado la desea, ella devuelve algo de lascivia al paso, su cuñada la envidia. Ponen la mesa, se chocan en el espacio estrecho, falta el sacacorchos, la puerta da siempre de lleno en el lomo del pobre diablo que no tiene dónde apoyarse y los pelotazos manchan aun más las paredes.
Cuando el hilo se corta
A golpes, literales o domésticos, con susurros y diálogos banales, con una aparente familiaridad, el director va encandelillando, tramo a tramo, un ritmo preciso. De cuando en cuando, se zafa el hilo de la cotidianidad y la trama deja adivinar otra textura siniestra, el sentido detrás del significado, lo oscuro, lo informe... Veronese estruja la calma que le queda al espectador. En el crescendo de esta partitura sin piedad hay, por supuesto, mucho mérito en los intérpretes, entre ellos, María Figueras, la argentina del grupo, conmovedora como Lucera (en Buenos Aires, la obra se vio con elenco enteramente local). Lucera es un personaje desasosegante, que blande una ortodoncia que ya no frena la náusea de una vida de miseria.
Conocí a Veronese con el primer Periférico. Hoy su puntada dramática es casi perfectamente invisible, a excepción de unos pocos párrafos tan argentinamente abstractos que nos hacen ¡click! a los que ya nos hemos habituado a la praxis ibérica.
A propósito de esta invisibilidad, el crítico Marcos Ordóñez elogiaba al dramaturgo por otra pieza, Un hombre se ahoga, diciendo que “el arte verdadero... ofrece una certidumbre de verdad instantánea, aparentemente sencilla. Tiene la inmensa cortesía de no revelar el esfuerzo...”.
En Europa se discute a menudo sobre el peligroso asunto de la “disolución del arte dentro de una cultura festiva o decorativa” (en este caso, la frase es de Víctor Erice). Un fenómeno que, en España, todos percibimos en la voracidad por el entretenimiento de la mayoría ruidosa del público que llena salas.
Sin embargo, podemos confiar en que, frente al nuevorriquismo que ya impregna la industria del espectáculo, el arte conservará su buena ración de tristeza: siempre tendremos Argentina |