RCh |Teatro argentino: tan bueno, tan otro y tan inalcanzable 

Coser

agujeros

Oda a la hondura y melancolía de la dramaturgia rioplatense a partir de "Mujeres soÑaron caballoS" de Daniel Veronese, luego de su presentaciÓn en Madrid.

POR ANALÍA IGLESIAS
 

“El fin de la pasión es que lo oculto se vea”, dice San Gustavo Cerati en su reciente Médium, a la sazón, el nombre de una canción de Ahí vamos y su misma condición humana, ahora que nos propone teletransportarnos desde nuestros (sus) 40 a los veintitantos, los suyos y los nuestros. Pero de esto no va la cosa, no. La cosa va de lo oculto, de las costuras que no han de verse, de las que el arte jamás debe mostrar, y de las pasiones, claro. Y de una manera de hacer y dar arte tan característica de un país tan argentino como el nuestro. Pura especulación, habrá que conceder, pura sensibilidad de zurcidos invisibles, como los que todavía ofrecerán algunas señoras miopes desde el porsche de una casa de suelos calcáreos helados en cualquier barrio. Puro hueco, pura nostalgia.

Desde que vivo en España -llegué hace unos cinco años- me pregunto por qué es tan bueno, tan otro y por qué suele parecer tan inalcanzable el teatro argentino para gran parte del colectivo en castellano. La última vez que le he dado vueltas al tema ha sido tras Mujeres soñaron caballos, de Daniel Veronese.

Me pregunto particularmente por la hondura de los textos, pero también, y fundamentalmente, por la manera en que cosen los dramaturgos rioplatenses. No he podido dejar de ver obras argentinas en estos cinco años; no he querido, tampoco. Y, por fortuna, el teatro criollo llega a esta orilla del Atlántico, porque resulta un alimento con más proteínas que el asado, y más necesario (ambos comparten, eso sí, el mismo morbo de la sangre sobre el fuego, haciendo humear las brasas).

Argentina es Godot

¿Aunque mordaz y pesimista, Argentina todavía espera a Godot?, ¿O es que la misma Argentina es Godot?, me pregunto. El dramaturgo español José Sanchís Sinisterra escribía: “Si Godot hubiera llegado, si hubiera acudido, aun con retraso, a su imprecisa cita con Vladimir y Estragón, el teatro contemporáneo no sería lo que es. La obra de Beckett irrumpe en la dramaturgia occidental inscribiendo en ella, como postulado básico, una escandalosa ausencia, una sustracción, un hueco”.

Al leer ésto tengo la impresión de que, en tanto agujero -porque los argentinos nos sentimos siempre agujereados ,debemos de ser un recipiente único de relleno creativo, sentimental y, esencialmente, melancólico, de una melancolía, a veces, sublime. Y, a la vez, nuestros gestos amplios, nuestra épica cotidiana, nuestras sobreactuaciones (pregunten a cualquier extranjero sobre el paradigma de la “exageración” y dirá: “un argentino”) dan mejor en el escenario que en ningún otro sitio. Nuestra forma es teatral. La forma de nuestro recipiente encaja justo... y cierra la cuarta pared.

Herméticamente cerrada está la cuarta pared de Mujeres soñaron caballos, la penúltima obra de Daniel Veronese, ex Periférico de Objetos, presentada en Madrid. Además de verla, la viví. Sentí que allí dejaba a los seis personajes, asfixiados entre las cuatro paredes de Veronese, los actores -españoles y argentinos- conmovidos hasta las lágrimas, porque no pueden dar tanto y quedarse como si nada, y el público (o parte de), con las tripas saltándoles por los ojos, saliéndoles de la nariz; de todos los poros, sudor de admiración y de agradecimiento.

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