Por lo general, suelo estar uno o dos pasos detrás de todo. Y más si de homenajes se trata. Pero, y a tono con el summun de cotidianeidades que vivo, escucho, disfruto y/o padezco, este año me ronda cada tanto la idea de los cien años del nacimiento de Simone de Beauvoir.
Aparecen como flashes frasecitas (no quiero pecar con esto de menosprecio a tamaña obra, tómese como cálida reverencia) del Segundo Sexo, recordatorios de escenas mal o bien enquistadas de su relación con el omnipresente Sartre, de su amor gritado en las cartas a Nelson Algren, y esas confesiones que llevan a decir: “¡Pucha que había sabido ser humana!”.
Tamaña humanidad la de Simone, que puso en palabras lo que en siglos andaba circulando, incomodando a vastos colectivos de ciegas o concienzudas a medias: “No se nace mujer, uno se convierte en mujer”. Ella, no estoy dándole luz a nadie con esto, le allana el camino al movimiento feminista sin ser ella feminista y, de alguna manera, sembró la espina entre quienes leyeron el libro y sintieron que había un antes y un después de ese texto-cimbronazo.
Con sólo quedarse con esta frase en la cabeza se impone al menos hacer el esfuerzo de no mirar y mirarse de la misma forma en que se lo hacía antes de leerla: “No existe destino biológico femenino”.
Una vez ella dijo que esperaba que llegue el día en que el libro “esté perimido”. Y la verdad es que mirando aquí nomás al lado, escuchando algún que otro llamado, la dimensión de que falta un trecho largo para que eso suceda se agiganta con volúmenes de ahogo si se le da cuerda.
Con un agregado que cada tanto me machaca pero no lidio con él del todo: “Es más confortable sufrir una esclavitud ciega que liberarse”. Y aquí mi generación, y otras tantas, parecemos anotarnos primeras en las “paradojas crueles” de la “revelación de Simone” sobre lo que sabemos, sobre lo que queremos y fundamentalmente, de lo que aprendimos y no podemos, no queremos, no podemos (bis) quitarnos de encima.
Mandatos, premisas, circunstancias. Hasta los mismos anhelos y búsquedas caen una y otra vez en esa ceguera que nos da la imposición del “mandato femenino”, del lugar esperado, del placer anunciado. Y nada mejor que descubrirnos en el pequeño micromundo de afectos y relaciones que nos stopean como muros esas realidades que nos llevan el tiempo (la vida), las horas, el dinero (de la terapia) en desamarrarlas oscilando entre lo que debemos ser, lo que queremos, lo que somos.
Quizá Simone nos diría en francés (y de manera elegante, claro está) algo así como “déjense de joder, pendejas (por lo de ñoñas) y conquisten su libertad”. Mas esa libertad parece costarnos el dolor de la conciencia de que las cosas muchas veces no son como deberían, no deberían ser como son. Y nosotras, en el medio, hacemos (no tanto) lo que podemos y, muchas veces, no nos animamos (inconscientemente, claro) a remediarlas.
Así andamos remando a cuestas con lo que Simone dejó como herencia, y la ineludible certeza de que ese malestar de conciencia debería desaparecer para ser plenamente libre/s en voz y sobre todo, en actos.
En momentos así habría que recordar como mantra que hay condiciones “creadas por las civilizaciones a partir de ciertos datos fisiológicos”, y no sentir que se nos pasa el tiempo con los treinta picando a largos y hacer agua cuando el último amor decidió que era demasiado joven para ser padre; o porque otro no tenía ganas de que nos enamoremos de él. O “ese” gran amor que no quería cambiar el estatus de “contigo a pan y cebolla” (con más cebollas que pan y sin pagar él las cebollas).
Una especie de salvoconducto (eso que no hay que ceñirse a dogmas) que aparezca cuando los ánimos se exacerban en las plazas más allá de las objetividades que los provocaron, y una presidenta se apuntala en el abrazo protector del marido que la precedió en el cargo; y la sombra de los insultos acacerolados en ciertos barrios que se enervan en un tono y modo que antes quizás soportaron.
Un mantra como letanía que se instale para esquivar los fantasmas agazapados, los propios y los agendados, y que hasta ahora, a los tumbos, no terminamos de sacudirnos del todo
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