Lejos están los tiempos en que Alejandro Jodorowsky usaba sombreros de ala exageradamente ancha, suéter de cuello Mao y dirigía cine no para hacer películas sino para mostrarle la iluminación metafísica al equipo de personas que actuaban frente a la lente. A treinta años de distancia, las búsquedas budistas que le motivaron a filmar La montaña sagrada (1973) y a protagonizar un western trascendental en El Topo (1970), le resultan lejanas desde su actual vida de fama en la Ciudad Luz. Volvió a ellas recientemente, para restaurarlas y darles el color que siempre imaginó.
Toda una paradoja, ese par de cintas en las que buscó la iluminación interior a través de la cinematografía, ahora, al paso de tres décadas, requieren reiluminarse. Cuando se le comenta simplemente ríe: “No lo había pensado, pero ahora que lo dices me parece que sí, que es muy bonito”.
Convertido en un artista chamánico que lee el tarot y cura a través de una serie de metáforas imaginativas que ha denominado en su conjunto como psicomagia y que ofrece en el Cabaret Místico, un sitio concebido por él y donde combina el mazo de cartas con el psicoanálisis, el teatro y otras disciplinas variadas. El chileno trashumante Alejandro Jodorowsky vive placenteramente en París desde hace varios años, con el reconocimiento ya irrefrenable de miles de fervientes admiradores a cuestas.
Lejos están también sus alocados días en la Ciudad de México cuando era la encarnación del artista experimental que lo mismo montaba teatro de vanguardia, que dibujaba historietas pánicas y que consiguió ser director de unas cuantas películas, siempre recibiendo violentas reacciones del gran público y los conservadores medios de comunicación de entonces.
Al recordar, por ejemplo, que tras presentar su primer cinta Fando y Lis (1967) en la XI Reseña Mundial de Cine de Acapulco –en el DF, en el cine Roble–, tuvo que salir huyendo del público furibundo que deseaba lincharlo, ríe. Y mucho, con placidez. Constantemente. Aunque en su momento la tensión y el miedo le hubiesen dominado, actualmente se le oye un ser relajado y satisfecho.
Ahora ríe de sus propios recuerdos y de la importancia que se concedía a sí mismo. Respecto a su apariencia, a sus fotografías y a sus sombreros. Por ejemplo, al comentar una imagen suya de 1972 en el volumen Antología pánica (1989), dice: “Todavía en la época turbia de querer ‘parecer’ sin ser. Un ‘director de cine’ se fotografía. No hay sol, ¿para qué tan grande sombrero? Ese profundo malestar da nacimiento a La montaña sagrada, película de búsqueda”.
Claro, la fama es un accesorio que le llegó con el tiempo, justo cuando ya no le importaba: “Nunca hice películas para ganar dinero ni fama, ni nada. ¿Cómo iba a ganar fama si casi me mataban, pues?”.
Es, precisamente, La Montaña sagrada y El topo, los que han sido reestrenados recientemente en sus versiones completas y restauradas, luego que el tarotista lograra zanjar un largo enfrentamiento con el productor Allen Klein –representante neoyorquino de John Lennon–, quien poseía los derechos de distribución de las mismas y las enlató cuando Jodorowsky se negó a filmar para él una versión de La historia de O de Dominique Aury. Recientemente esa antigua rencilla fue curada y sus cintas originales están de nuevo en circulación. En México, la distribuidora Tarántula Films las estrenó en festivales de cine como el de Morelia, en la Cineteca Nacional y ahora en cartelera, además de presentarlas en versión DVD –junto con Fando y Lis y el documental La constelación- con lo cual termina el férreo peregrinar clandestino de estas obras de culto. Y es pretexto para la siguiente entrevista:
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