CONFIESO QUE PARA mi poca erudición en asuntos intelectualozos de por sí el título de la conferencia sonaba, digamos, muy pretencioso: “Cómo la cultura americana domina al mundo”. Pero como sabía -junto a mi no carga de lecturas sustanciosas y notas al pie que pudiese citar con certeza- que estamos hablando del chico malo de la intelectualidad franco-mundial, no había nada que cuestionar y acepté.
Michel Houellebecq provocó, los primeros días de diciembre del año pasado, en la sede de la Alianza Francesa de Buenos Aires, un fervor rockero: horas de espera en fila para entrar, horas tratando de acomodar tu traste al lado del macetero al fondo del fondo de la pantalla gigante (en el salón donde el susodicho estaba ya no había lugar) y un espectáculo más ameno de mirar y escuchar. Los que quedaron fuera con sus gritos, golpeteos de manos, súplicas y discusiones varias, y la entrada rutilante del ex Jefe actitud Buenos Aires.
Ahí estaba el francés, con sus tres pelos peinados/ despeinados sobre una cabeza huevonoidal, una pilcha aburridísima que echaba por tierra todo estereotipo de charme y una cara de traste / timidez que no preludiaba nada de los excesos y contravenciones que se le apañan. Encorvado, pequeñito, H parece haber encontrado en la provocación la manera de patear tableros y atraer sobre su obra con provocaciones que de cajón generan revuelo: misógino, xenófobo, islamófobo.
Hay que decirlo, se veía muchísima gente entusiasmada esperando que H lance “la revelación” en torno a por qué los americanos son los que son actualmente. Él estaba empeñado en no alimentar con hogueras un mito que él mismo se encargó de cimentar.
Houellebecq, que contó que venía de un tour por San Pablo, seguía a Chile y después volvía a Francia hizo confesiones del estilo, de que llegó al país por la cantidad de correos de lectores argentinos que le llegaban. La revelación no llegó de la forma tradicional que se espera en estos casos, si es con él que se puede hablar de “tradicional”, sino un poco caótica, con fragmentos de Alexis de Tocqueville, anécdotas de conferencias, reflexiones sobre los países asiáticos y hasta el preludio de recitados de poemas sobre golondrinas.

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