EL NIÑO SALE al patio de su casa a jugar y ve que su padre está sentado en el piso, probando la rosca que une dos tramos de caño de unos treinta centímetros y cerrados en los extremos. Ve también que su padre tiene entre sus piernas un montón de balas de fusil. Entonces comienza a interesarse más por lo que hace su padre que por la pelota. Es que el niño tiene seis años, es argentino y el calendario dice 1976.
El niño ve que su padre guarda las balas de fusil en el interior de los caños y los enrosca. El niño razona: muchas balas chicas dentro de una bala grande. Y pregunta: “Papi, ¿estás haciendo una bomba?”. “No. Andá adentro. Andá con la mami”, le contesta su padre. El niño obedece, entra a la casa y se queda con la intriga. Porque no sabe (sabrá mucho tiempo después) que eso que ha armado su padre se llama “embute”. Tampoco sabe que su padre está enterrando todo lo que pueda comprometerlo porque teme un allanamiento. No son sólo balas las que entierra el padre, pero el niño no lo sabe.
El padre del niño muere en el año 1978. No muere por nada relacionado con lo que temía, sino en un accidente de auto, quizás por no temerle a la muerte. El niño extraña a su padre. Un día recuerda aquel episodio y le pregunta a su madre dónde puede estar esa bala grande llena de balas chicas. Su madre le dice que no sabe. Pasa el tiempo y el niño insiste, porque siente que esas balas son algo así como una herencia de su padre. Su madre entonces le cuenta, pero antes le explica qué era lo que temía entonces su padre y qué era lo que pasaba en el país en aquel tiempo.
El niño decide buscar lo que su padre enterró. Su madre no lo desalienta, pero no sabe indicarle el lugar exacto del patio donde cavar. Calcula, supone, imagina que es al fondo del patio. Con esa vaga presunción, el niño agarra la pala y comienza a cavar. Perfora el patio con gran empecinamiento durante varios días, hasta que encuentra algo. Pero no son las balas. Son esta vez dos tramos de botella de plástico ensambladas una con otra, como un portatítulos casero, con un rollo de papeles en su interior. El niño siente una leve decepción inicial, porque no buscaba eso. Quiere encontrar las balas, porque las balas son lo que él vio guardar a su padre. Reemprende la excavación con más ganas, porque sabe que está bien orientado. Hunde la pala en la misma área de su hallazgo y encuentra el “embute”. Los caños están un poco herrumbrados y la rosca se resiste pero finalmente cede. Ahí están las balas, algo oscurecidas, pero el niño está satisfecho porque ha encontrado su herencia.
El niño corre a mostrarle a su madre. Ella se sorprende y se conmueve, pero contiene su emoción y le explica qué son los papeles que ha encontrado. Esas láminas con impresionantes y coloridos dibujos y encendidos textos, fueron editadas por los anarquistas, gente que rechazaba cualquier tipo de autoridad. A su padre se las había dado un tío que las guardaba desde la década de 1930. Esas revistas que relataban cómo mataron a un general y cómo secuestraron a unos empresarios, fueron escritas por los montoneros, gente que tomó las armas para hacer una revolución y que en el país haya menos ricos y menos pobres. Su padre las tenía porque era peronista de izquierda (esto fue lo único que el niño no logró entender).
El hallazgo marcará la futura vida del niño. Las balas y los folletos determinarán su romántica admiración por la lucha armada revolucionaria. Los textos y dibujos anarquistas su profundo anticlericalismo, su fobia a los uniformes, su rechazo a las instituciones, su afición al humor y la ironía. Todo ese imaginario simbólico se materializará en una colección de negaciones que serán la paradójica clave de su libertad.

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