BELLOCQ ESTÁ SENTADO en la arena. Está haciendo actividad física: escribe poemas. Frente a él, el mar se fragmenta como en acuarelas, y su lapicera comienza una vez más el idilio con el papel, con la libretita, el cuaderno, no se sabe bien sobre qué escribe/ pinta/ fotografía poemas bellocq.
Éste es su momento de descanso de una serie de viajes y desplazamientos que hace por los alrededores de su lugar de arena - en la costa atántica de la provincia de Buenos Aires, en Argentina - siempre con el mar de agua de vitral como fondo.
También trabaja en cuestiones de escenografía. Por eso quizá cada palabra suya, cada verso tiene el relieve, la textura y la forma de un escenario que es y no es real, que es concreto, pero es ilusorio. Podemos imaginar que es uno de esos poetas que se despiertan de noche, sacudidos por la marea, a escribir lo que su mundo marino le dicta, y que al despertar reordena ese teatro diminuto de letras.
Belloqc tiene ojos de poeta. Por eso también hace fotografía, dibuja, y le pone un bit “no tan punchi” a sus paisajes internos, plasmados en cd´s de edición independiente de música electrónica. Ese mismo hombre que viaja todos los días a hacer su trabajo, dejándose espiar por los paisajes que corretean al bus desde los costados, en donde las musas aparecen entre la vegetación.
Si el mar y el viento son un salpicré para los sentidos, la misma dinámica tienen las frases de Bellocq mientras habla de cómo él concibe a la poesía: “Yo flasheo mucho ahora en el verano con la gente en la playa, para fotografiar. Pero la foto está ahí, no hay que buscarla. El ojo la ve. La poesía lleva otro ‘tiempo’. La foto pasa, la poesía llega. La imagen es una gran motivadora, en cambio la poesía llega y se esconde, le gusta otro juego, es un poco más, digamos... juega a la escondida”.
Como a todo buen deportista, la actividad física, o mejor dicho, el entrenamiento, lo lleva a pensar que quizás esté preparado para algún partido importante. En donde cada uno de sus movimientos, desplazamientos, y captaciones del ojo, puedan mostrarse y dinamizarse en un espacio tan blanco como la arena al mediodía. Entonces Bellocq llega al libro, como si esa forma física de objeto artístico fuese una estación más a la que arriba en sus tránsitos.
La escenografía cambia.
Vemos a Joaquín Valenzuela Bellocq conectándose con Javier Cófreces, uno de los fundadores de Ediciones en Danza. Bellocq ha decidido publicar, está contento con su poesía y entonces le envía material a Javier. Sabe que la respuesta tarda por la lectura del material. Hasta que una tarde: ring! (aunque los teléfonos ya no hacen ring!), Cófreces le dice que le interesa el material, lo invita a Buenos Aires, y en la parrilla La niña Bonita de la Avenida Corrientes, sellan el contrato del libro de poemas de Joaquín Valenzuela Bellocq que se titula Actividad Física. Bellocq no lo puede creer, está como loco. De pronto tanta actividad empieza a desplegar nuevas actividades. Gente que leerá sus poemas, gente que gracias a sus poemas escribirá poemas propios, gente que elegirá su mar o su playa para sentarse - a – activarse, librerías donde entrarán otras gentes que caminaron muchas cuadras, haciendo gran actividad física, y dirán:
-¿Y éste libro?
- Ah, es de Bellocq, un poeta joven, muy bueno.
-Ah, bueno, lo llevo.

La frase que adhiere. “Tengo un proyecto pendiente, que es el de poetizar dibujos y viceversa, buscar las palabras en la imagen, o en el hecho, además de buscarlas en la vivencia personal. Aunque todo pasa por esa especie de colador que es uno, ¿no?”
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