RCh | Cine | “EL DESTINO” DE MIGUEL PEREIRA.
    Basta de pueblitos perdidos
POR LAURA ALBISTUR

El Destino - Miguel Pereira

Fue un bodrio buscado. Ya el afiche de promoción preanunciaba cierta hecatombe si uno se ponía a rememorar películas del estilo Una estrella y dos cafés, de Lecchi, o Un tal Lucas de Laplace pero como siempre prende una buena fotografía, allá fuimos. Será que a El destino, la película de Miguel Pereira adaptación de la novela El hombre que llegó a un pueblo de Héctor Tizón, la miré con más expectativas que prejuicios o alguna mala vibra me habrá envuelto en el momento de la proyección que…a los cinco minutos de arrancado ya me quería ir.
La historia del traficante español Pedro, que aterriza en una pista perdida de la Puna, disfrazado de cura, da como cierta esperanza de remontar los cuadros previos de indios labriegos que ven cómo llegan los españoles, los otros, los primeros en una analogía con la segunda venida de “los capitales extranjeros” que “en pos del avance y el progreso” -léanse las comillas como manifiestos- avanzan con caminos sobre el cementerio de los antiguos.

La tensión dramática de “nueva invasión” versus “fetiche-voz de la conciencia de la raza-o lo que se quiera” que aparece de la mano del ciego que representa Tomás Lipan o la metáfora de la arcilla son francamente cansadoras. Y ni qué decir de la cierta tensión sexual que aparece entre el español -que todos creen cura-el juego de la mirada de los otros-etc- y la “nativa”, que tiene su cuota de suspenso porque todo el mundo espera una cosa. Y termina en otra, como muchos de los cierres de historias mínimas de la gran historia que no se priva de las tomas remanidas de salares, montañas, caras de viejos coyas en primer plano y una parafernalia que por momentos parece una promoción para turistas.

Pereira siempre había sido una referencia interesante en cuanto a la mirada para transmitir situaciones y realidades como hizo en La Deuda Interna o en La Última Siembra. Pero esta vez, como digo, o no estuve a la altura de las circunstancias o Pereira no estuvo a la altura de mis circunstancias.

 

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