RCh | Michelangelo Antonioni (1912-2007)
Un cineasta como el Zen
 
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Thomas ve y registra. En el parque sigue a la pareja Redgrave-señor mayor. Y los fotografía. Revela. Amplía. ¿Qué ve ella entre los arbustos? Mira con la lupa. Amplía. Sigue los puntos de vista. Monta. Mira. Hay una historia, siempre la hay. Una mujer, un amor prohibido, un intento de asesinato. Se obsesiona. Mira, amplía y ve el crimen. Vuelve al parque de noche y encuentra al señor mayor muerto entre arbustos. Pero cuando regresa a su casa, después de ver a su amigo pintor teniendo sexo con su mujer, sus fotos ya no están. La mujer del pintor lo visita. Hubo un asesinato, le dice Thomas. ¿Cómo sucedió?, pregunta ella. No vi, contesta. Después, su editor: ¿Qué viste en ese parque? Nada, responde. Es que en definitiva, no vio nada. A la mañana siguiente, en el parque, la evidencia. Y sólo le queda, ese partido de tenis sin pelota, ni raquetas. “La película no es pesimista- sentencia el maestro. El fotógrafo ha aprendido a jugar con la pelota imaginaria”.

Con El reportero (1975) termina el cine de Antonioni que me enamoró. Aquí, Jack Nicholson es David Locke, un reportero en busca de guerrilleros en África. Está en un hotel. Robertson, su vecino de pieza, ha muerto, y Locke, decide dejar de ser quien es, y transformarse en Robertson, el traficante de armas. Para eso, “mata” a Locke. Quiere ser otro. Para lograrlo, no le queda más que huir. Hasta que decide detenerse.

Locke – Robertson está de nuevo en un hotel, en España. Abre la ventana de su habitación. Y en esa mítica penúltima secuencia, miramos a través de la ventana, hasta el agotamiento, para después ver, desde afuera hacia dentro su ¿final? “Ser, dice Heidegger, es ser en el mundo. Cuando David siente el final (pero ni siquiera él está seguro probablemente) no está ya en el mundo. El mundo está fuera de la ventana”, dice Antonioni.

El Reportero
  El reportero (1975)

También en Zabriskie Point (1970), filmada en Estados Unidos, hay una pareja protagonista, que no importa más que como idea del ser joven y revolucionario. Él, bello héroe solitario, que está preparado para morir pero no de aburrimiento, como les dice a los demás estudiantes en la asamblea del comienzo, también mira. No lo hace a través de las ventanas. Mira en la calle, la calle, los aviones, los carteles publicitarios, el cielo, las banderas, el maltrato policial, el asesinato del estudiante negro.

Los hombres de Antonioni tienen esa rara facultad de ver la muerte.

Podría escribir tanto sobre el querido cineasta. Hablar de espacios, modernidad, vagabundeo, soledad, ambigüedad, de su negativa a explicarse. Y aquí me detengo. Antonioni, es como el zen, parafraseando lo que él dijo a Playboy, en 1967, a propósito de Blow Up: “Esta película, quizás, es como el zen: en el momento en que se intenta explicarlo, se le traiciona” punto

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