Es con La aventura, señalada como la primera película moderna de la historia del cine, que empieza el Antonioni que me enamoró. Su punto de partida era una idea, una realidad: “Historias diferentes con medios diferentes”. El mundo ha cambiado, las historias que han de contarse ya no son las mismas. Por eso, la forma de contarlas, no puede ser igual. “Hace ya mucho que el cine se escribe del mismo modo, con la misma técnica. ¿Por qué no intentar resolver de otra forma las convenciones del campo y contracampo, del corte, que son medios tan antirrealistas, es decir, inactuales? Me atrevería a decir que hay que superar el montaje y el plano mismo. ¿Por qué el neorrealismo italiano ha de limitar sus descubrimientos a los contenidos?”, decía en 1958, antes de superar el montaje y el plano.
Sus películas muestran cosas, objetos, lugares, que creemos mira el personaje, pero el personaje que creemos mira, entra en el plano. Y entonces, Antonioni mira. El “raccord de aprehensión retardada”, según el nombre que le dio a ese efecto de triple triangulación entre mirada de la cámara, del personaje y el objeto mirado, el crítico Nöel Burch, es una de las marcas de su estilo, que cuando descubrí sin saber siquiera que tenía un nombre, me dio ganas de ponerme a llorar.
SENSIBILIDAD Y ADAPTACIÓN
Enamorarse de Antonioni, equivale a enamorarse de Mónica Vitti, en los 60, su musa, su actriz fetiche, su mujer. Y enamorarse de ella, es enamorarse de sus personajes. Desde la dulce y comprensiva Claudia de La aventura, la libre y despreocupada Valentina de La noche (1961), pero sobre todo, de la Vittoria racional y angustiada de El Eclipse (1962) y la bella y neurótica Giuliana de El desierto rojo (1964). |