RCh | Michelangelo Antonini (1912 - 2007)
 
 
Un cineasta como el Zen
   
POR EUGENIA GUEVARA

MICHELANGELO ANTONIONI HA muerto.

Escribo sobre él porque el encuentro con su obra marcó un antes y un después en mi vida. Quizá tuvo que ver que cuando descubrí sus películas, atravesaba un momento de crisis existencial, de vacío, en una época donde sobrevivía cuando ya “lo importante” parecía haber tenido lugar.

Porque de eso se tratan las películas de Antonioni... “Me parece que es importante ir a ver qué es lo que ha quedado, de todas las experiencias pasadas, dentro de los personajes”, explicaba. La Segunda Guerra era esa experiencia. Una guerra que había dejado pérdidas materiales y una elevada pérdida de “riquezas simbólicas, afectivas y espirituales”.

Me enamoré de Antonioni. En cierta forma, el amor nos cambia la forma de ver las cosas y sus películas tuvieron ese poder. La primera fue La aventura (1960). Me enamoró la desaparición irresuelta de Anna en esa isla, me enamoró que su destino dejara de importar y que finalmente, fuera la aventura de los otros, lo que debiéramos atender.

Antonioni empezó dirigiendo cortos documentales “neorrealistas” en la década del 40. Su primera película Crónica de un amor (1950) le valió la calificación de “neorrealista interior”, porque exploraba los sentimientos. Siguieron I vinti (1952), La señora sin camelias (1952-1953), Las amigas (1955), y El Grito (1956-1957) - hermosa, triste y antonioniana historia de un hombre que sufre la soledad y el desamor, como después lo harán las mujeres en sus películas-, que marca el fin de su etapa neorrealista y que sacará, por casi diez años, al varón del centro de la escena.

El Desierto Rojo
  El desierto rojo (1964)

Es con La aventura, señalada como la primera película moderna de la historia del cine, que empieza el Antonioni que me enamoró. Su punto de partida era una idea, una realidad: “Historias diferentes con medios diferentes”. El mundo ha cambiado, las historias que han de contarse ya no son las mismas. Por eso, la forma de contarlas, no puede ser igual. “Hace ya mucho que el cine se escribe del mismo modo, con la misma técnica. ¿Por qué no intentar resolver de otra forma las convenciones del campo y contracampo, del corte, que son medios tan antirrealistas, es decir, inactuales? Me atrevería a decir que hay que superar el montaje y el plano mismo. ¿Por qué el neorrealismo italiano ha de limitar sus descubrimientos a los contenidos?”, decía en 1958, antes de superar el montaje y el plano.

Sus películas muestran cosas, objetos, lugares, que creemos mira el personaje, pero el personaje que creemos mira, entra en el plano. Y entonces, Antonioni mira. El “raccord de aprehensión retardada”, según el nombre que le dio a ese efecto de triple triangulación entre mirada de la cámara, del personaje y el objeto mirado, el crítico Nöel Burch, es una de las marcas de su estilo, que cuando descubrí sin saber siquiera que tenía un nombre, me dio ganas de ponerme a llorar.

SENSIBILIDAD Y ADAPTACIÓN

Enamorarse de Antonioni, equivale a enamorarse de Mónica Vitti, en los 60, su musa, su actriz fetiche, su mujer. Y enamorarse de ella, es enamorarse de sus personajes. Desde la dulce y comprensiva Claudia de La aventura, la libre y despreocupada Valentina de La noche (1961), pero sobre todo, de la Vittoria racional y angustiada de El Eclipse (1962) y la bella y neurótica Giuliana de El desierto rojo (1964).

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