En realidad, algo que no es ni secreto ni burlado: Jan cuando joven fue James. Un oficial de lanceros del real ejército británico que estuvo entre los pioneros de la expedición que llegó por primera vez al Everest en 1953. Él fue el encargado de relatar la experiencia y de convertirse –junto a sus colegas de aventura- en referencias de los viajeros extremos del mundo.
No sólo eso: como James Humphry Morris es autor de una trilogía sobre el Imperio Británico (Pax Britannia) y libros de viajes y relatos (The World of Venice, Hong Kong y The Matter of Wales) que lo posicionaron en la admiración de intelectuales europeos.
En castellano, lamentablemente al menos para mí, mucho de lo traducido se encuentra en un castizo tan de España que por momentos provoca, cuando se lee por ejemplo La Casa de Una Escritora en Gales (2000) , ganas de revolear el libro por la ventana por la cadencia que le quita al relato.
A Morris no sólo ser considerado uno de los mejores escritores de viajes en lengua inglesa (recibió la Orden Británica de manos de la Reina, premios y honoris causa varios), le valieron la puesta en foco. También un giro radical de vida que, a los 46 años, lo llevó a cambiar de sexo en un proceso en el que nunca dejó de estar acompañado por su esposa de toda su vida, Elizabeth.
Morris, “cuando era soldado” como él dice, era conocido por su valentía y por la intrepidez de sus viajes. Podría decirse que fue uno de los pioneros en el arte del “periodismo participante”, esa especie de cronistas que dedicaban su vida a vivir y convivir con sus entrevistados.
Su transformación, como todas las de los transexuales, se hizo a través de la emasculación total, con dosis constantes y altas de hormonas femeninas. Morris ha cambiado mucho de aspecto aunque, y no deja de ser inquietante a los prejuicios, hay algo aún del soldado aventurero en la dulce viejita de 81 años, cinco hijos, nueve nietos, que se desvive por los gatos. Desde entonces, en todos sus relatos y textos aparecen referencias, frases, recuerdos a su transmutación.
El cambio definitivo se produjo en 1972 en Casablanca (Marruecos). De esa ciudad hay un libro de viajes donde los capítulos más celebrados son los de corte autobiográfico: “Yo me veía, caminando aquel atardecer por calles estridentes, como un personaje de cuento de hadas a punto de ser transformado”, dice y continúa: “¿De pato a cisne? ¿De sapo a príncipe? Era más mágico que cualquiera de aquellas transformaciones, me respondí: de hombre a mujer. Esa era la última ciudad que vería como hombre”.
Jacinto Antón, en un reportaje aparecido en El País de España en julio de este año, contó que Morris “siempre supo que era una chica en el cuerpo equivocado. Lo sintió por primera vez a los cuatro años bajo el piano de su madre cuando ésta tocaba a Sibelius. Lo seguía sintiendo entre los oficiales de su regimiento de lanceros, donde vivió su oculta feminidad como ´un espía en un cortés campo enemigo´. Cada noche de su vida hasta culminar su cambio rezó para que éste se produjese y expresó ese recóndito y vehemente deseo a cada estrella que vio caer”.
Las etapas de la vida de Morris se pueden recorrer de acuerdo a búsquedas: los diarios de viaje (en su mayoría no traducidos); la historia del Imperio Británico; y hasta Cunnundrum (1974) donde habla de su cambio.
De todos, La Casa de una Escritora en Gales quizás es una síntesis del estilo, camino desandado y profunda mirada para captar el alma humana de Morris. Con el pretexto de la recorrida por el antiguo establo reciclado que es su actual vivienda, donde vive con Elizabeth de quien se divorció por los imperativos legales, la escritora reafirma su nacionalismo galés. Y lo más importante: su pertenencia a la rara casta de humanos que trabajan en lograr la empatía con sus pares  |