EN EL BOSQUE del castillo de Gotemburgo (en Suecia, no Suiza) se organizó entre el verano y el otoņo, el festival “Way Out West”. Algunos se oponían porque el pasto se iba a estropear, los animales iban a huir, los vecinos no iban a dormir y porque opinaban que era injusto cercar un bosque y cobrar para entrar. Pero perdieron la batalla.
Por ese bosque pasamos todos los días en bicicleta. Juegan nuestros hijos, en invierno nos tiramos en trineo. Hay patos, focas, pingüinos, flamencos y alces. Una vez comió de mi mano una ardilla. Acá tomamos sol, la gente se emborracha, corre, hace asados en asadores portátiles, pasea al perro, al anciano, vende globos, helado, anda en patines, patineta, triciclo y monopatín.
Al mirar la lista de grupos que iban a venir al festival, comprar una entrada cara, carísima para dos días, no era raro ni acto burgués: CocoRosie, Manu Chao, Architecture in Helsinki, Devendra Banhart, Regina Spektor, Erykah Badu, Juliette & The Licks, Lily Allen y muchos más.
Nos vestimos de fiesta. Caía la lluvia.
Al festival no se podía entrar con bebidas alcohólicas, agua, comida ni paragüas. A la entrada la gente se apuraba con la cerveza, al sanguche me lo comí de un bocado. La lista de objetos prohibidos se había publicado en los diarios y en la web, pero no decía nada de paragüas. Y entonces, se formó una rápida montaña de paragüas abandonados de todos los colores y tamaños. Los organizadores repartían ponchos de plástico transparente que por suerte se acabaron pronto. No iba a ponerme un poncho feo sobre el lindo vestido que tenía.
La primera razón por la cual hubiera sido un crimen no ir era CocoRosie. A las 17.15 tomaron la escena y cada órgano del cuerpo escuchó atentamente. Las hermanas Sierra y Bianca Casady atrapan con su magia, con su música tranformada en algo desconocido con ayuda de sonidos electrónicos, instrumentos de juguete, ritmos hip hop y textos bizarros. En el escenario las acompañaban tres hombres, uno rapeaba y los otros tocaban instrumentos que ellas les alcanzaban. Daba la sensación de que no tenían bien claro qué iban a tocar, tal vez por eso, su actuación se sintió algo despareja. Los ritmos hip hop fueron demasiados, ahogaron la esperanza de oír sus canciones más bellas. También faltó el contacto con el público, que habían logrado en otras ocasiones. Me alegré de haberlas visto. A veces relaciono la música con períodos y gente y las hermanas Casady representan uno muy especial para mí.
Camino a Kelly’s en bicicleta para comer y beber cereveza barata vimos un afiche que anunciaba la contra a Way Out West: Far Out West. Era algo así como un festival de protesta por haber cercado el bosque, en contra del consumo y demás. Teníamos que examinarlo antes de bajar a escuchar a Manu Chao a las 22.40. En la cima de una montaña, en el bosque, habían montado un escenario donde tocaban bandas locales y del otro lado, estaba la pista de baile sobre piedra y musgo rodeada de árboles enormes. El DJ alentaba a las masas en este lugar con luces rojas. Acá se entraba gratis, se podía tomar cerveza, emborracharse, llevar paragüas y fumar cualquier flor. Había caras conocidas. Un amigo, después de ver mi pulsera-entrada a Way Out West, me recordó que yo en el fondo era una burguesa y no una anarkista fiel como él. Algo de razón tiene. A pesar de crecer en una familia socialista siempre anhelé otras cosas. Tal vez era una vida burguesa como la que podía experimentar hoy. Bajamos resbalando por el barro para ver a Manu. Way Out West estaba a full y él también.
Manu Chao: pasajero en tránsito y nómade, lo hemos venido soportando largo tiempo. Liberaba canciones de paz y de guerra en tierra sueca. Sentí un terremoto, el suelo temblaba. Esperaba que me sorprendiera, pero no hay caso. No faltó Me gustas Tú y hubo muchas repeticiones. Hace un par de años, después de Cladestino, Manu dijo que era el fin de su carrera. El disco era tan diferente a lo que había hecho con Mano Negra que estaba seguro de que los fans lo iban a enterrar vivo, es más, dijo que no iba a dar recitales. Al resto de la historia la conocen, el disco nº 4 de Manu: La Radiolina. Reconoceremos frases muy queridas como “this world go crazy” en un sound diferente pero igual de todos modos. A pesar de que no nos agarra desprevenidos con su música tiene una manera de reflexionar sobre el mundo (the president of the United States is a pain in the ass for all of the planet) que nos hace estar de su lado. En noviembre lanza un disco grabado con pacientes mentales de un hospital en Buenos Aires. Al mismo tiempo produce a Smod, un grupo de hip hop de Mali, y el año que viene lanza su primer disco brasilero “A maluca da vida”. Tendremos que soportarlo un tiempo más.
Lo único molesto del festival fue que pusieron dos de los tres escenarios demasiado cerca. Cuando quise escuchar Architecture in Helsinki, su música se mezclaba con la de Manu. A pesar de que la banda me gusta, no la pude disfrutar, la mezcla entre Architecture in Helsinki y Manu Chao era inquietante. No se trata de un grupo de estudiantes de arquitectura provenientes de Finlandia sino de un grupo de hombres y mujeres de Australia que hacen buen pop. Algunos comparan ese pop con el primer beso: algo torcido, dudoso, pero que te cambia todo.
Nos largamos por el bosque, subiendo lomas, montañas de piedra, resbalando. Las ramas de los árboles nos golpeaban la cara. Vimos las luces rojas de nuestro festival alternativo. Era un quilombo de hippies, punks, rockeros y hasta las chicas de tacos altos se animaron hasta esa punta del bosque. Terminó la primera noche.
El sábado en bicicleta me apuré para llegar a ver a Devendra Banhart. Uno se puede equivocar si lo descarta por ser un hippie que festeja la paz. Si lo rechaza, se pierde música importante, genuina, clara, familiar y profunda. Devendra tiene aparte una voz fantástica. Con amor, sol y mucha barba preguntó, si entre nosotros había alguien que tenía un tema propio que quisiera interpretar. Al escenario subió un gordito con cartera que tocó un tema muy feo, acompañado por Devendra. Después subió otro, un flaquito que temblaba, a recitar un poema. Todos nos reíamos un poco de la vergüenza que nos daban el gordo y el flaco. Y Devendra invitó con temas dulces, cantaba I wana be your lover y movía las caderas. A mi lado, mi amiga suspiraba, y eso que el disco que le había pasado hace un par de meses atrás (Niño Rojo) no le había gustado. Fue un recital muy agradable y con mucha barba. Escucho Carmencita de su próximo disco: Smokey Rolls Down Thunder Canyon, que estoy segura será un gran disco.
|