A Madrid llegó promocionada como una de las principales figuras del sello BPitch Control, un sello que ella misma fundó en 1999, y como la diva de la “electrónica ochentera”, un mote para su estilo y su genealogía, porque esta alemana se bautizó en las cabinas del Londres de finales de la década del ’80. Más precisamente, 1988, época de acid house en su club preferido, el Wag Club, prehistoria de sus primeros trabajos en Fischlabor, el más importante boliche tecno del Berlín de los primeros ’90, y en el Tresor, el club alemán en el que consiguió su primera residencia.
Leyendas, en analógico y digital. La Allien sube a la cabina, parece Robin Hood con su negra sobriedad, su delgadez y sus botas. Botas, a pesar del aire caliente de tintorería que (no) se respira en el lugar. Brazos y hombros de gimnasio, músculos tonificados, ella usa su propia marca de ropa.
A Ellen Allien, berlinesa, nacida Ellen Fraatz, la gente la recibe con una ovación. Los dueños del lugar le procuran un ventilador, que pronto le vuela los pelos lacios al infinito. Y el ‘pincha’ que sale le dedica una reverencia. Ella, manos de mujer, escoge pacientemente los vinilos de su valijita, y empieza a dar esos golpes tribales que le conocemos, a percutir los cuerpos de todos los presentes, les llega a la médula y los mueve a todos -punkies de crestas, jóvenes empresarios de chomba rosadita, chicas de rastas, chicos sin tribu aparente (o sin credencial a la vista)-. Ellos levantan los brazos, los dedos en posición de cuernos de diablitos heavy metal, y ella dispara unos xilófonos desquiciados, los traspasa con el chirrido de una radio en onda corta, y cuando todos estén bien arriba, corta esa contundencia tecno con unas guitarras que dejan escuchar el ruido del vinilo... sssssss, la fritura analógica... por ahí, un piano.
Los que no bailan, se apiñan en el backstage y se entretienen en leyendas urbanas y especulaciones estroboscópicas, compiten a quién sabe más de ella: que “fumó de mi porro una vez”; que “en Lyon se hizo una línea”; que “no, no puede ser”; que si aguanta hasta las seis y cuarto; que si es demasiado seria, demasiado alemana; que si sonríe y baila mucho, o baila poco, que si..., que si..., que si... Epílogo en la Gran Vía. Cuando salgo del Low, orejas con sordina, llueve. Es imposible conseguir un taxi desocupado en la Gran Vía. Mientras me empapo con esa lluvia de verano que ‘ya pasará’, recuerdo la primera buena impresión que me dio una rave multitudinaria en los ’90... la heterogeneidad y la tolerancia, la convivencia en la diferencia de gentes de todos los palos. Y, es cierto, todo ha cambiado, porque ahora la música electrónica se escucha también en clubes de unos pocos cientos de personas y, sin embargo, el e-espíritu de armonía no ha cambiado. Los festivales de rock nos habían acostumbrado a los gritos y los escupitajos, al uniforme de las tribus y la indumentaria de la intolerancia para no parecerse al de al lado, a la impaciencia frente a cualquier expresión que no pudiera ser decodificada a los diez segundos de aparecer sobre el escenario. De ahí que esta celebración de la vida efímera, de la alegría pasajera (que no es sólo brasileña), se convierta en una buena excusa para tirar p’alante otro día entero, otra tarde y otra noche de éstas tan extensas, tan allienígenas. Si Janis viviera... 
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