LAS CHICAS DE los ’70 parecen ser aun más escépticas que las de los ’60. Eso sí, también más prácticas, así que a los desfallecimientos del cuore y la falta de estímulos de este mundo decadente los mitigan bailando y ‘pinchando’ música electrónica. Una de ellas es Ellen Allien, una productora musical, dj y diseñadora de modas alemana que nació cuando Rainer Werner ya escandalizaba a Múnich y al mundo. Ellen desciende de la estirpe de su majestad Fassbinder... entre ruda y romántica, como ella misma define su vida. Entre ruda y romántica, como aquella Ruleta china setentista, la película de Fassbinder que nos inspiró al bautizar esta publicación.
Recomendado: e-masaje cardíaco. ¿El hallazgo? Un marcapasos excepcional: funciona sin pilas, levanta, levanta, levanta (las pulsaciones), pega con unos graves en el centro del pecho y baja, baja hasta hacernos penar con la voz desgarrada de Thom Yorke: “we think the same things at the same time, we just can’t do anything about it”. Melancolía hecha de ritmos minimales y alegría pasajera (la única posible) de bases contundentes. Esto es lo que instala en nuestros corazones Ellen Allien, esta alemana hija de los ’70, prima donna electrónica en los dos mil y tantos.
Nacida Ellen Fraatz, la diva de la "electrónica ochentera".
Manos de mujer. Frente a Ellen, un español de treinta y pocos, explica que, entre todos los dj’s del mundo, ella es su segunda ‘pincha’ favorita. La ha seguido a Lyon, a Buenos Aires (Creamfields), a Tokyo, a Berlin. Pero... la primera en su ránking, me cuenta entusiasmado, se llama Misstress Barbara, una siciliana nacida en el ’75. ¿Qué es lo que le cautiva de las chicas?, le pregunto. “Su técnica, la sutileza”, me responde, y sigue bailando. Manos de mujer en las bandejas. Ellas hacen música mezclando con delicadeza temas de otros, remezclando lo áspero, a veces haciendo incluso más cuadrados los arreglos de canciones pop para que la gente no deje de bailar. También con manos de mujer toman el pulso a su feligresía: “Es que si no bajan un poco, ya no pueden levantar más”. Así interpreta un músico ciertos bajones anímicos que uno percibe en la pista.
La forastera. Entonces yo, una neófita, hija de Janis, ni siquiera sé si admitida en la causa electrónica, estoy aquí bajo el influjo de Ellen, en el club Low de Madrid (funciona en un boliche que se llama “De nombre público”), en la plaza de los Mostenses, frente a un viejo y hediondo mercado, a metros de la Gran Vía. En la capital española, alguna vez castiza y provinciana, hoy mestiza, siempre optimista, Low es el sitio indie por excelencia.
Debo cubrir la sesión electrónica, a pesar de que apenas si he comenzado a entrenarme en los ritos de esta e-religión post-pop. A decir verdad, participé en algunas raves en los ’90, bailé con Simbad Seguí en Córdoba, escuché pinchas alemanes más bien chill out en el restaurado Mitte de Berlín, he bailado en El Sol y Marula de Madrid (donde los chicos ponen free jazz y mucho funkie) y, hace poco, mis amigos intentaron cultivar mi potencial e-espíritu de vieja rockera llevándome a bailar con Dellamónica en el porteñísimo Niceto, y con Andrés Oddone en Babylon, en Córdoba (esta última, una experiencia musical con todas las letras). Pero, lo cierto es que no había vivido nunca una fiesta con semejante adhesión a un dj, tanta heterogénea unanimidad frente a la cabina.
Ella llega sobre la hora. De Ellen Allien sabía su procedencia, y, por discos, conocía parte de su música. Del directo, rápidamente comprendí que tenía que esperar una experiencia similar a la de un recital de rock: en la cola, a las dos y pico de la mañana, la gente estaba inquieta; había expectativa; el club ofrecía famosos djs como ‘soporte’ y ella, ella haría su aparición justo sobre la hora de tocar, es decir, a las tres y media de la mañana... toda una estrella de rock. |