RCH/Una moción en favor de Lady Macbeth

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No. No es cielo ni es azul

 

 

DE SHAKESPEARE A POLANSKI, UNA EXPLORACIÓN EN BUSCA DE LA ESENCIA DE LA SEÑORA FAMOSA POR HABER INSTIGADO A SU ESPOSO A COMETER MAGNICIDIO. QuizÁ ELLA fue la primera Simon de Beauvoir, la primera en desear el rol del otro y para eso matar el propio rol: asesinar un corazÓn que avergÜenza, EL DE MUJER.

 

POR CECILIA PERNA
 

Soneto. Yo os quiero confesar, don Juan, primero, / que ese blanco y carmín de doña Elvira / no tiene de ella más, si bien se mira, / que el haberle costado su dinero. / Pero también que confeséis yo quiero / que es tanta la beldad de su mentira, / que en vano a competir con ella aspira / belleza igual en rostro verdadero. / ¿Qué, pues, que yo mucho perdido ande / por un engaño tal, ya que sabemos / que nos engaña igual Naturaleza? / Porque ese cielo azul que todos vemos, / ni es cielo ni es azul; ¿y es menos grande, / por no ser realidad, tanta belleza?

Con este Soneto, allá por el 1600, Bartolomé de Argensola se deshacía, con total desparpajo, de la angustia y la fatiga de andar buscando y esperando estables verdades detrás de la apariencia: la época de los sólidos andamios en correspondencia estaba terminada. Bastaba con echar un vistazo a la redonda. Los resultados de la ciencia, los desbarajustes del descubrimiento, las libertades del mercantilismo, la crisis económica y el infinito de Dios perforando la chatura de la bóveda del cielo, habían puesto patas arriba cualquier viejo esbozo de jerarquía. Lo que se ve alrededor no es más que artificio, coloreado y retorcido. Falsa profundidad de los cristales. Ante esto, Argensola no se angustia. No reniega ni añora. Barroquísimo él, con total desfachatez, se deja seducir por la belleza de lo aparente. En efecto, esa belleza que lo atrapa no es verdad ni realidad y, sin embargo, en nada disminuye su encanto. Según se desprende de sus palabras, debe de haber un rostro verdadero, una realidad que sobrepasa la fachada celeste del cielo… pero, ¿para qué buscarla si podemos amarrarnos a ese falso encantamiento del artificial, y “realizar” de algún modo así también la apariencia?

Shakespeare, más al norte al mismo tiempo, tan barroco como Argensola, le hace decir a su Hamlet la célebre frase: “The time is out of joint”, esbozando así la percepción de un tiempo dislocado, sin gozne ni eje, fuera de todo ciclo: tiempo disparado y loco que anticipa el paradigma de la modernidad. Shakespeare sucumbe ante el nihilismo nuevo del mundo, tan barroco como Argensola. Pero, no tan barroco y más conservador, necesita aún encontrar algo de esas viejas jerarquías de las que aferrarse. No renuncia. Por eso, en sus obras se ha leído, paralelamente al devastador nihilismo, una corriente restauradora del orden, una necesidad de reencontrar la autoridad de ese núcleo, duro y esencial, que nunca cambia. Y esto se ha podido leer en casi todas sus obras, excepto en Macbeth: tragedia que representa, por excelencia, la absoluta deriva hacia la nada, hacia la locura y la muerte. Pero quizá haya todavía algo estable en qué anclar.

Cuerpo y materia. Si realmente ha habido una, la sede de toda caída ha sido, desde siempre, el cuerpo de la mujer. Recinto pleno de engaño desde el origen, desde la primera de todas, desde Eva y su pérfido fruto del pecado. Y quizá, lo pérfido allí no haya sido en sí el acto de desobediencia de Adán -apenas un eslabón hacia la debacle- sino su tropiezo dentro del artificio de seducción: esa debilidad de haberse dejado convencer. Mujer que convence a un hombre, por fuera de los códigos del hombre, por fuera de la moral que siempre es su código -o el de Dios, su garante-. Mujer que se maquilla, que hace de sí misma un artificio, que cambia sus colores y traiciona el orden natural, para enredar al hombre en sus secretos planes.

Si algo marca el período barroco es, junto con la entrada en el capitalismo, el moderno comienzo de un reconocimiento de la materialidad en su estatuto independiente: de lo que la materia tienen de moldeable, de transformable. En ese apego al encantamiento artificial que “realiza” una apariencia -en ese doble sentido de fabricar y de hacer real-, se comienza también a vivenciar la realidad como ese lugar físico y modificable de lo material. Y cabe preguntarse si ha habido en nuestra cultura algo que aloje con más fuerza el sentido secreto de la materia que los cuerpos femeninos: desde el modo en que han sido, durante siglos, instrumentos de intercambio social -y comercial-, hasta el hecho más obvio y más monstruosamente pregnante de ser el recinto mudo del que proviene la materia, el cuerpo y la vida. En nada asombra que Argensola considere de lo más natural -incluso más que la Naturaleza- que el cuerpo femenino sea el lugar del engaño, del artificio, en tanto que también, lugar de la materia.

Pag. 2 >>
  © 2007 ruletachina.com - REVISTA VIRTUAL - Todos los derechos reservados - República Argentina